ZAGREB, 31 AÑOS DESPUÉS: EL BIDASOA APRENDIÓ A GANAR EN EL INFIERNO DEPORTIVO

General
ZAGREB, 31 AÑOS DESPUÉS: EL BIDASOA APRENDIÓ A GANAR EN EL INFIERNO DEPORTIVO

 

El 22 de abril de 1995, Elgorriaga Bidasoa firmó en Zagreb la mayor proeza del deporte vasco, a nivel colectivo: una Copa de Europa conquistada con carácter, temple y una serenidad impropia de un equipo que pisaba por primera vez la cima continental. Tres décadas después, la ciudad vuelve a ese Dom Sportova que rugía como si el mundo se acabara, y donde once jugadores vestidos de amarillo decidieron que no iban a soltar la historia.

 

Hay fechas que no envejecen. El 22 de abril de 1995 es una de ellas. Aquel día, en un pabellón croata que parecía construido para intimidar, Elgorriaga Bidasoa se proclamó campeón de Europa. No era un sueño ni una exageración local: era un equipo de una ciudad pequeña que se atrevió a desafiar al gigante Badel Zagreb, campeón dos veces, símbolo de un país recién salido de la guerra y dueño de un ambiente que se tragaba rivales.

El Bidasoa llegó con una renta de diez goles tras el 30–20 de Artaleku, un marcador que en Irun se recuerda como una obra de ingeniería emocional: defensa, ritmo, paciencia y un pabellón convertido en un pulmón único. Pero en Zagreb nada estaba garantizado. El Dom Sportova era un hervidero de más de 10.000 gargantas, un ruido que no venía solo del deporte: venía de un país herido, orgulloso, que veía en su equipo una bandera.

El partido fue una prueba de resistencia. El Badel apretó desde el primer minuto, empujado por un público que no concedía tregua. Pero el Bidasoa no se descompuso. Tomas Svensson, que aquella tarde parecía tener manos en todas partes, sostuvo al equipo cuando el marcador amenazaba con incendiarse. Oleg Kisselev, con esa frialdad que solo tienen los jugadores que han visto mucho mundo, anotó goles que valían minutos de calma. Peruničić, que jugaba en un país donde su nacionalidad no era precisamente bienvenida, soltó un lanzamiento desde nueve metros que aún hoy se recuerda como un acto de valentía.

El 27–26 final fue una derrota que sabía a victoria. Una victoria que sabía a epopeya. El Bidasoa levantó la Copa de Europa en un silencio extraño, casi respetuoso, como si incluso Zagreb entendiera que aquello no era una casualidad, sino el triunfo de un equipo que había aprendido a ganar sin perder la cabeza.

Mientras tanto, en Irun, Artaleku vivió una tarde irrepetible. Una pantalla gigante, miles de personas apretadas, un murmullo que subía y bajaba con cada ataque. Cuando el partido terminó, la ciudad estalló. No era solo un título: era la confirmación de que Irun podía mirar a Europa sin complejos.

Treinta y un años después, la gesta sigue intacta. No se ha diluido con el tiempo ni se ha convertido en un recuerdo amable. Sigue siendo un punto de referencia, un espejo en el que se miran generaciones que no vivieron aquella final, pero que entienden que, en el deporte y en la vida, hay días que cambian la escala de lo posible.

El Bidasoa de 1995 no solo ganó una Copa de Europa. Demostró que un equipo puede desafiar al ruido, a la presión, a la historia y a la lógica. Y que, a veces, basta con creer que el infierno también se puede jugar con calma. Infierno para Beñardo García Etxeberria y José Antonio Errazkin, quienes tuvieron que gestionar 30 millones de pesetas en el avión de vuelta, para terminar de concretar la hazaña. Y ahora, todavía a vueltas con el pabellón. Ver para creer.

Noticias relacionadas