STADIUM GAL, IRUN Y EL REAL UNIÓN: LOS TRES ALTARES EN LOS QUE MINTXO BALBÁS SE HIZO ETERNO

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STADIUM GAL, IRUN Y EL REAL UNIÓN: LOS TRES ALTARES EN LOS QUE MINTXO  BALBÁS SE HIZO ETERNO

El fútbol de antes, el de barro noble y aroma a trinchera, no se medía en estadísticas ni en fríos mapas de calor, sino en la huella indeleble que dejaban los hombres tocados por una varita diferente. Referencia indiscutible del ataque irunés en la década de los setenta, Fermín Balbas era, sin duda, uno de ellos. Un killer del área inolvidable para quienes le vieron jugar; un delantero voraz, escurridizo y de una habilidad tan endiablada que rozó con los dedos la elástica txuri-urdin a mediados de aquella década, cuando su figura ya iluminaba con luz propia los domingos del Bidasoa.

Pero hablar de Fermín es hablar de Mintxo. Un tipo listo, vivaracho, de esos que entendían el juego con la pillería del fútbol callejero. Se movía entre los defensas con la agilidad escurridiza de una anguila y estaba hecho a la medida exacta de Stadium Gal. Su fútbol y su verbo fluían mejor al abrigo del río que en los desplazamientos, donde la vida se jugaba a cara de perro. En campos de Madrid —Moscardó, Boeticher, Arganda, Pegaso, Calderón, Ciudad Deportiva del Real Madrid—, con Manolo Fraile narrando para La Voz de Gipuzkoa, Iñaki de Tomás como embajador, José Mari Cienfuegos como delegado y Josetxo Iguiñiz, el utillero eterno.

Muchas veces, Raku Echegaray lucía un mostacho retador en aquellos equipos del Real Unión. Un Real Unión de tardofranquismo y transición. Y es que Mintxo no solo jugaba con los pies: jugaba con la palabra. Una verborrea fina y punzante que más de un disgusto le costó en aquellos campos de tierra de Madrid, escenarios polvorientos impregnados de un ambiente irrepetible, entre el sudor espeso, el humo denso del puro de paja y el olor penetrante al anís La Asturiana que bajaba de la grada. Y puedo hablar de muchos entrenadores, pero Javier Alcántara le conoció bien.

Pese a las batallas, su sola presencia siempre traía una sonrisa, un destello de clase y de simpatía humana. Sabían bien de qué pasta estaba hecho quienes compartieron vestuario con él y los presidentes, como Pascual Dorronsoro, Koldo Sorzabal o Iñaki de Tomás, testigos privilegiados de un talento indomable. Vivía por y para la red: de ahí que en la inolvidable temporada 1975-76 no hubiera ariete en toda España —desde la Primera División hasta el último rincón de la Tercera— que pudiera seguir su rastro, proclamándose máximo goleador de todas las categorías nacionales.

Después vendrían los capítulos en el Palencia CF, los barrotes y el frío fogueándose en la SD Eibar, las tardes derramando clase en el CD Touring... Pero su alma jamás se mudó de frontera. Perteneció a esa estirpe de futbolistas que trascienden lo deportivo porque les tocó ser protagonistas de la vida misma: latió con dos ascensos históricos, estuvo allí cuando la ikurriña volvió a ondear soberana en el césped y celebró el cincuentenario de un feudo que siempre le reconoció como suyo. El cincuentenario del Stadium, con Patxi Gorriti y Roberto López Ufarte. Solo faltó «Jabo».

En el fondo de la retina siempre quedará ese delantero total que encaraba sin miedo a la vida. Mintxo dejó en cada camiseta una estela de fútbol bohemio, pillo y verdadero. De los que ya no quedan, de los que son historia pura del Real Unión Club y de los que siempre da gusto recordar cuando cae la tarde sobre Gal.

Descansa Fermín, te lo mereces.

Foto Guilló: de pie: Echave, Lasa, Santamaría, Alcorta, Alzugaray, Luis Yerga. Agachados: Gallastegui, Lustres, Chinchurreta, Roberto López Ufarte, Mintxo Balbás. Temporada 1975-76.

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