URTAIN EN EL STADIUM GAL EL DIA DE SAN PEDRO DE 1969 ANTE 4.000 PERSONAS

El 29 de junio de 1969 amaneció en Irun con la claridad habitual que baja desde Jaizkíbel. En el antiguo Parador de Jaizkíbel, donde el silencio parece hecho de piedra, Macan Keita, boxeador...guineano, abrió los ojos antes de que nadie llamara a su puerta. Había dormido poco.. No por miedo, sino por esa inquietud que acompaña a los hombres que saben que el día les va a pedir algo que solo ellos pueden dar.
Dicen que bajó a desayunar despacio, mirando por la ventana como si el monte le hablara en un idioma que él reconocía sin haberlo aprendido. Un camarero recordaría después que Keita sonreía con educación, que preguntó por el camino hacia el Stadium Gal, y que agradeció el café como quien agradece un gesto, no una taza. Había en él una humanidad que desarmaba: un hombre solo, lejos de su tierra, preparándose para pelear contra un mito de Arroa, que el tardofranquismo había decidido adoptar.
En Leitza, su punto de concentración, Urtain afinaba su cuerpo como un herrero afina el metal. No necesitaba ceremonias. Le bastaba con respirar hondo, sentir el peso de sus manos y recordar que el público esperaba de él algo que solo él podía ofrecer. Cuando llegó a Irun, el Stadium Gal ya hervía. Cuatro mil personas apretadas, con esa mezcla de devoción y curiosidad que solo despiertan los hombres que parecen hechos de otra materia.
Keita entró al Stadium Gal sin estridencias. Tenía la mirada limpia, casi humilde, como si quisiera pedir permiso antes de ocupar su lugar en el ring. Algunos aficionados se sorprendieron: esperaban un gigante, un animal, y encontraron a un hombre que parecía más preocupado por cumplir que por vencer.
Urtain, en cambio, avanzó como avanzan los que ya han sido aceptados por la multitud. No necesitaba presentaciones. El Stadium Gal lo reconoció al instante, como se reconoce a un vecino que vuelve de un viaje largo.
El combate fue una conversación entre dos destinos. En el tercer asalto, Keita cayó por primera vez. No fue un derrumbe dramático: fue un gesto humano, casi íntimo, como quien se arrodilla para tomar aire. En el quinto volvió a doblarse, esta vez con un cansancio que venía de lejos, quizá del viaje, quizá de la soledad del Parador, quizá de saber que aquella tarde no era suya.
En el sexto, el árbitro detuvo la pelea. Urtain levantó el brazo. El Stadium Gal rugió. Keita bajó la mirada, pero no por vergüenza: por respeto.
Dicen que volvió al Parador de Jaizkibel esa misma noche. Que pidió cenar ligero. Que agradeció a los empleados su trato. Que durmió mejor que la noche anterior. Y que al amanecer, antes de marcharse, se quedó unos minutos mirando el monte, como si quisiera llevarse un recuerdo que no fuera el del KO.
Irun, mientras tanto, recuperaba su ritmo. Los trenes volvían a sonar, el Bidasoa seguía su curso, y el Stadium Gal guardaba en su silencio la historia de dos hombres que se encontraron en un ring y dejaron, cada uno a su manera, una huella distinta en la ciudad.
Fuente: José Luis EcheverrIa, Foto de Arturo Delgado del archivo de Juan Antonio Lecuona "Gale"





