UNAI EMERY: LA RAÍZ QUE VUELVE AL STADIUM GAL PARA VERLO EN PRIMERA DIVISIÓN

El entrenador hondarribiarra recorre su memoria familiar, su carrera y su vínculo con el Real Unión en una conversación que mezcla historia, identidad y una ambición que no caduca en una entrevista realizada en TELEDONOSTI
El Stadium Gal, que cumplirá el próximo 19 de septiembre un siglo, tiene una forma particular de recibir a quienes regresan: no hace ruido, pero impone. La luz cae sobre las vitrinas como si quisiera despertar viejas voces, y el silencio —ese silencio que solo tienen los lugares con historia— acompaña cada paso. Allí, en la sala de trofeos, Unai Emery vuelve a reconocerse. No necesita presentaciones. “Esta es la casa de todos los unionistas”, dice nada más entrar, como quien afirma algo que no requiere demostración. Y a partir de ahí, la conversación fluye con la naturalidad de quien habla desde dentro. “Tenemos que agradecer a Salvador Echeandia Gal, hijo Predilecto de la Ciudad de Irun y Presidente Honorario del Real Unión, su aportación dineraria y espiritual para construir un campo de deportes. Fue un hombre preclaro”, añade, señalando el origen de todo.
Emery observa las copas con la serenidad de quien sabe que la historia no es un museo, sino un espejo. En ese espejo aparece la figura de su abuelo, Antonio “Pajarito” Emery Arocena, primer portero en encajar un gol en la historia de la Liga. Se lo marcó Prat, en un partido que el Real Unión perdió ante el RCD Español. Lo recuerda sin solemnidad, pero con un orgullo que no se disimula: “Fue el primer portero que encajó un gol en la Liga… y me dieron un trofeo por eso”. El reconocimiento, entregado en Barcelona por un familiar del jugador que marcó aquel tanto, sigue siendo para él un símbolo íntimo. “Eso no se me olvida nunca”, admite.
La memoria familiar atraviesa su relato como un hilo firme. Habla de una fotografía —él, con once años, en brazos de su abuelo— que conserva como un amuleto. Y recuerda los telegramas de pésame que llegaron del Real Madrid y del Barcelona cuando Pajarito falleció. No lo cuenta para impresionar: lo cuenta porque forma parte de su identidad. “Eso te marca”, dice, y la frase cae con la contundencia de lo que no necesita explicación.
Pero si hay una figura que sostiene la estructura emocional de la familia, esa es su amatxo, a quien Emery describe como “el faro de todos nosotros”, la guía silenciosa que mantiene el rumbo cuando el viento arrecia y la vida exige más de lo que promete. No necesita medallas ni homenajes: su autoridad se mide en gestos, en firmeza, en esa manera tan hondarribiarra de sostener sin hacer ruido. Ella es la raíz, la que no aparece en las fotos pero sostiene todas.
La distinción oficial, en cambio, recae en él: Unai Emery es Insignia de Oro de Hondarribia, un reconocimiento que lo vincula de manera explícita a la ciudad que lo vio crecer y que él lleva como una responsabilidad íntima. “Es un honor que me compromete aún más con mi pueblo”, afirma, con esa mezcla de orgullo y pudor que solo tienen quienes saben que los honores pesan más cuando se reciben en casa.
Y es él quien mantiene un vínculo activo con las tradiciones de su pueblo: colabora con la trainera, con ese latido colectivo que define a Hondarribia desde hace generaciones, y participa en iniciativas de la Ama Guadalupekoa a través de EKYPATE, un acuerdo que —como subraya— “se hunde en las raíces de nuestro pueblo, en la historia que nos ha hecho ser quienes somos”. Lo dice sin grandilocuencia, como quien reconoce que la identidad no se declama: se ejerce. Todos recordamos la cara de satisfacción de Joxemi Elduayen, presidene de HAE, al implicar a Unai en el proyecto.
En ese mismo camino aparece otro nombre decisivo: Mikel Jáuregui, figura discreta pero fundamental en sus primeros pasos como entrenador. Fue él quien, en Amute, le abrió la puerta del banquillo cuando Emery apenas empezaba a intuir que su futuro estaba más cerca de la pizarra que del césped. “Mikel me ayudó a empezar a entrenar. Me dio confianza cuando yo aún no sabía si la merecía”, recuerda. Ese gesto, aparentemente pequeño, se convirtió en el primer peldaño de una escalera que acabaría llevándolo por media Europa.
Y junto a Jáuregui, la presencia constante de Mikel Etxarri, a quien Emery define como “mi segundo aita”. La escena que relata lo confirma: el día que Etxarri tuvo que comunicarle la baja en la Real Sociedad, se echó a llorar en sus brazos. “Ese cariño lo llevo conmigo siempre”, afirma. En el fútbol, a veces, la humanidad pesa más que los resultados.
El relato avanza hacia uno de los episodios más ásperos: el ascenso del Lorca en el Stadium Gal, con Emery en el banquillo visitante. “Aquí ganamos 1–3 y ascendimos. La decepción del Real Unión fue tremenda”, admite sin rodeos. Su padre, presente en la grada, no pudo soportarlo y se marchó al descanso. El fútbol, cuando toca la raíz, duele más. E Igor, periodista, trabajando en un medio, haciendo equilibrios con las emociones.
Emery habla también de su método, de su obsesión por el detalle, de esa forma casi artesanal de entender el fútbol. “Para tomar decisiones hay que estar muy argumentado”, explica. Ver un partido hasta doce veces, analizar cada gesto, cada movimiento, forma parte de su liturgia. “Para mí, el mayor éxito es cuando el jugador mejora”, afirma, dejando claro que su oficio no es solo competir: es transformar.
Europa aparece en su relato como un territorio natural. Dieciocho años consecutivos compitiendo en el continente, finales, títulos, Es ya pentacampeón de Europa. Ciudades que se vuelven estaciones de paso. Pero incluso ahí, en lo más alto, la raíz tira. Habla de la comarca del Bidasoa, del CD Bidasoa, de la trainera, del verde de Hondarribia en verano, de San Marcial y de Guadalupe. “San Marcial para mí era innegociable… disfrutaba muchísimo”, confiesa, como quien recuerda un olor de infancia.
En un momento de la conversación, dedica unas palabras a Iñaki de Mujika, figura imprescindible del periodismo deportivo guipuzcoano. Dice que para él era “un placer escucharle”, que tenía una claridad especial para explicar el fútbol y que “Iñaki siempre va a estar presente”. Lo dice sin solemnidad, pero con un respeto que se nota en la pausa. Nos gustaría saber si hoy Unai sería propietario del Real Unión sin la influencia de Iñaki.
Sobre el presente del Real Unión, Emery destaca el trabajo de su hermano Igor al frente de la presidencia y la necesidad de dotar al club de infraestructuras modernas: vestuarios, campos, espacios de convivencia y una casa para la cantera. Quiere que ese lugar lleve el nombre de su abuelo: Pajarito Emery. No como homenaje, sino como raíz.
La conversación termina con una frase que queda flotando en la sala del Stadium Gal, como un compromiso íntimo: “Ver al Real Unión jugar en Primera División.”
No lo dice para la foto. Lo dice como quien mira al futuro con la misma seriedad con la que otros miran al pasado.





