SERGIO FRANCISCO, EL TÉCNICO QUE CONVIERTE EL OFICIO EN UNA FORMA DE DECENCIA

El entrenador irundarra, de maneras sobrias y convicciones firmes, vuelve a demostrar que el fútbol todavía admite gente que trabaja sin hacer ruido
En tiempos de entrenadores que confunden la pizarra con un monólogo y el vestuario con un plató, Sergio Francisco sigue empeñado en lo contrario: hablar poco, trabajar mucho y dejar que el campo explique lo que otros adornan con metáforas. Un lujo extraño en el fútbol moderno, donde la sobriedad ya es casi una rareza.
Sergio Francisco pertenece a esa estirpe de entrenadores que no necesitan levantar la voz para que se les escuche. En Zubieta lo sabÍan desde hace años: allí se ganó el respeto sin aspavientos, subiendo peldaño a peldaño, como quien entiende que el oficio no es una carrera de velocidad sino una cuestión de método. Ascendió a la Real Sociedad B, dirigió al primer equipo y, cuando tocó caer, cayó con la misma dignidad con la que había subido. Sin ruido, sin excusas, sin titulares fáciles.
En Irun lo recordamos bien. Jugó contra el Burgos con la camiseta del Real Unión y más tarde se sentó en el banquillo txuribeltz, donde aprendió que los clubes pequeños exigen una mezcla de paciencia, piel dura y una fe casi artesanal en el trabajo diario.dejó la impresión que dejan los entrenadores de verdad: los que no necesitan venderse porque ya se les ve.
Su fútbol es reconocible: balón, orden, salida limpia, ataque coral. Nada de inventos. Nada de humo. Lo que otros llaman “modelo”, él lo llama “hacer las cosas bien”. Y lo hace. Con jóvenes, con veteranos, con quien toque. Porque su mayor virtud no es la táctica —que la tiene— sino algo más escaso: la coherencia.
En Burgos lo han entendido rápido. Lo presentan como un técnico de método, de talento joven, de conocimiento del fútbol profesional. Pero la definición se queda corta. Sergio Francisco es, sobre todo, un entrenador que no se traiciona. Y eso, en un fútbol que cambia de discurso cada lunes, vale más que cualquier cláusula.
Ahora se sienta con la dirección deportiva para dibujar un proyecto que todavía está en borrador. Lo hará como siempre: sin ruido, sin promesas grandilocuentes, sin vender humo. Con la libreta abierta, el gesto serio y esa calma que solo tienen los que saben que el trabajo, tarde o temprano, acaba hablando por ellos.
Y si algo ha demostrado Sergio Francisco en todos estos años es que cuando su trabajo habla, conviene escuchar.





