ROMUALDO GOICOECHEA AGUIRRE, EL GUARDIÁN SILENCIOSO DEL REAL UNIÓN

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ROMUALDO GOICOECHEA AGUIRRE, EL GUARDIÁN SILENCIOSO DEL REAL UNIÓN

Hacia 2002 grabé unas conversaciones con Nicolás Aguirre Diez, Fernando Urtizberea Santos Juanes, Aitor Zulaika, y otros amigos. Nicolás, con su verborrea fácil, desenfadada e ingeniosa, nos deleitó con un recuerdo a Romualdo Goicoechea, y quiero publicarlo. Es un resumen del caudal informativo que nos ofreció nuestro entrañable Nicolás.

Treinta años de servicio, lealtad y sacrificio al fútbol irunés desde las entrañas del Stadium Gal.

En la historia del Real Unión Club de Irun, hay nombres que brillan por sus goles, sus títulos o sus gestas deportivas. Pero hay otros, menos visibles, que sostienen el alma de una institución con la fuerza callada del compromiso diario. Romualdo Goicoechea Aguirre fue uno de ellos. Durante tres décadas, este hondarribitarra fue mucho más que el conserje del club: fue su guardián, su memoria viva, su presencia constante en los días de gloria y en las noches de penuria.

El comienzo de una devoción

Corría el año 1910 cuando se inauguró el campo de Amute, una instalación moderna para la época que marcaría el inicio de una nueva etapa en el fútbol irunés. Allí fue nombrado conserje Romualdo Goicoechea, vecino del caserío Urbiñenea de Hondarribia. No era aún empleado del club, pero ya vivía para él. Admirador silencioso del Sporting de Irun —uno de los dos equipos que en 1915 se fusionarían para dar vida al Real Unión—, Romualdo se entregó desde el primer día a su labor con meticulosidad, carácter y una pasión que no necesitaba palabras.

El nacimiento del Real Unión y la consolidación de un símbolo

Con la fundación del Real Unión, Romualdo se convirtió en pieza clave de la estructura interna del club. Su trabajo como conserje adquirió una dimensión mayor: no solo cuidaba las instalaciones, sino que velaba por el bienestar de los jugadores, por el orden en los vestuarios, por el estado del terreno de juego. Lo hacía con la misma dedicación tanto si se trataba de jóvenes promesas como de figuras consagradas del fútbol vasco. Para él, todos merecían el mismo respeto, la misma entrega.

Durante los años dorados del club, cuando el Real Unión se alzaba como uno de los mejores equipos del país, Romualdo vivió días de felicidad. No por los trofeos, sino por la satisfacción moral de ver recompensado el esfuerzo colectivo. Su labor, aunque discreta, era reconocida por jugadores, directivos, visitantes y, sobre todo, por la afición irunesa, que sabía que detrás de cada partido había un hombre que trabajaba para que nada faltara.

El Stadium Gal y la resistencia en tiempos difíciles

El 19 de septiembre de 1926 se inauguró el Stadium Gal, nuevo hogar del Real Unión. Romualdo continuó allí su labor, ya con dieciséis años de experiencia a sus espaldas. Pero vendrían tiempos duros. La Guerra Civil interrumpió la actividad deportiva, y cuando el fútbol volvió, lo hizo en medio de una escasez que rozaba lo insostenible. Sin apenas medios, Romualdo se las arreglaba para mantener el estadio en condiciones, reparar redes con ayuda de las rederas de Hondarribia, atender a los niños de los campeonatos de barrios, y cuidar cada rincón como si fuera suyo.

Su vocación se volvió heroica. En medio de la penuria, su entrega alcanzó cotas admirables. No había sueldo que compensara su esfuerzo, pero tampoco lo necesitaba: su recompensa era el fútbol, el club, los chavales que soñaban con vestir la camiseta del Real Unión.

El adiós de un imprescindible

Hacia 1940, la salud le obligó a abandonar lo que había sido uno de los grandes objetivos de su vida. Se retiró con la misma discreción con la que había trabajado, dejando tras de sí un legado de dignidad, constancia y amor por el fútbol. Su familia, especialmente su hijo Shanti Goicoechea, heredó ese vínculo con el club y con la ciudad.

Romualdo Goicoechea Aguirre no fue una estrella del balón, pero su nombre merece estar en la historia grande del Real Unión. Porque sin guardianes como él, sin servidores leales que sostienen el día a día, ningún equipo puede alcanzar la gloria.

Foto: Libro de la historia del Real Unión club. Carlos Fernández de Casadevante.

 

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