REAL UNIÓN GERNIKA, EL ÚLTIMO SUSPIRO DE LA SEGUNDA B Y PARA NO OLVIDAR

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REAL UNIÓN GERNIKA, EL ÚLTIMO SUSPIRO DE LA SEGUNDA B Y PARA NO OLVIDAR

 

El viento de Jaizkibel soplaba con esa brisa que solo febrero sabe traer a Irun. Era el 2 de febrero de 2019, y el Stadium Gal, con sus gradas curtidas por décadas de fútbol de barro y alma, se preparaba para otro capítulo de esa historia que no sale en los libros, pero que vive en las gargantas roncas de los fieles. Real Unión y Gernika se miraban como dos viejos conocidos que han compartido más penas que glorias.

Ambos sabían que el partido no era solo por tres puntos: era por seguir respirando en una categoría que se deshacía como papel mojado. Segunda B, esa tierra de nadie donde los sueños se estiran y se rompen. Mikel Orbegozo, con la camiseta unionista pegada al pecho como una segunda piel, marcó justo antes del descanso. Fue un gol con aroma a resistencia, a orgullo herido. Pero el Gernika, que nunca se rindió, encontró en Iñigo Pradera el eco de su lucha. El empate llegó en la segunda mitad, como una tregua entre dos equipos que sabían que el destino se decidiría en otros campos, en otras jornadas.

Aquel empate fue el último suspiro compartido antes de que sus caminos se bifurcaran. Real Unión sobrevivió a la temporada por los pelos, aferrado a los goles de Eizmendi y Orbegozo en una agónica eliminatoria ante el Jumilla. Gernika, en cambio, descendió con la dignidad intacta, pero con la tristeza de quien sabe que el fútbol no siempre premia al que lo merece. Hoy, cuando uno pasea por el Stadium Gal, puede imaginar aquel partido como una postal sepia: el balón rodando entre charcos, las bufandas al viento, los gritos que se pierden en la bruma. Porque hay partidos que no se recuerdan por el marcador, sino por lo que dejaron en el alma.

La 2018/19 fue una de esas para el Real Unión. En el Stadium Gal, donde el cemento guarda secretos de generaciones, se vivió una campaña que parecía escrita por el destino con tinta de incertidumbre. Juan Domínguez, el donostiarra que tantas veces se enfundó la camiseta unionista como jugador, asumía el reto de dirigir al equipo desde el banquillo. Era su primera vez como entrenador, y lo hacía en casa, con la ilusión intacta y la mirada de quien conoce cada rincón del vestuario. Pero el fútbol, como la vida, no siempre premia la fidelidad. Solo cinco victorias en 29 jornadas y una clasificación que se desangraba jornada tras jornada.

El consejo de administración, presidido por Ricardo García, decidió cortar por lo sano. Destituido.. Fin de la historia. Eneko Romo tomó el timón de forma interina, como quien intenta contener una tormenta con las manos. Y entonces llegó Alberto Iturralde. A falta de ocho jornadas, el técnico asumió el mando con la serenidad de quien sabe que el margen de error es cero. Bajo su dirección, el equipo se aferró a la esperanza como a una bufanda en pleno temporal. La salvación llegó en una eliminatoria agónica ante el Jumilla. Un empate en tierras murcianas (2-2) y un triunfo en casa (2-0) con goles de Alain Eizmendi y Mikel Orbegozo. El Stadium Gal estalló, no de euforia, sino de alivio. Como quien sobrevive a un naufragio y se abraza al primer pedazo de tierra firme.

Mientras tanto, el Gernika, compañero de fatigas en aquel grupo II de la extinta Segunda B, descendía con apenas dos puntos menos. El fútbol, cruel y exacto, dictaba sentencia. Hoy, cuando uno recuerda aquella temporada, no piensa en tácticas ni esquemas. Piensa en Juan Domínguez, en su mirada limpia. En Iturralde, en su temple. En un equipo que, pese a todo, se negó a rendirse. Porque hay años que no se celebran, pero se recuerdan. Y eso, en el fondo, también es victoria.

REAL UNIÓN 2018-FOTO BATISTA

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