130 AÑOS DE AZÚCAR Y ALMA, KAI ALDE BAJA LA PERSIANA

Hay lugares que no se cierran. Se apagan como las brasas de una cocina antigua: sin ruido, sin aspavientos, pero dejando un calor que dura generaciones. Kai-Alde no era solo una pastelería. Era un ritual. Un punto cardinal en la geografía emocional de Hondarribia. Y ahora, tras casi 130 años de historia, la familia Díaz ha dicho adiós. Pero no se han ido solos: con ellos se va una parte del alma del pueblo.
De obrador a altar cotidiano
Fundada en 1898 por el aitona de los Díaz, Manuel, y la cooperación de Gabina Caminaur, la amona, Kai-Alde fue siempre un negocio de manos propias. De madrugones sin quejas. De mantequilla que no mentía. En 1964, la pastelería se trasladó al corazón de la Marina, al local que antes ocupaba el restaurante Nautilus. Desde 1985, Koldo y Kandi Díaz, junto a sus esposas Itsaso Alza y Maite Zapiain, mantuvieron el fuego encendido. Cuatro décadas de oficio, de constancia, de saber estar.
“Los pasteleros hemos sido nosotros mismos, como lo fueron mi padre y mi aitona”, decía Koldo. Y en esa frase hay más verdad que en cien discursos. Porque Kai-Alde no era franquicia, ni fórmula. Era pulso, era piel, era harina con historia.
Franchipán, tostadas y tertulias
El franchipán era el estandarte. Las tostadas con mermelada, la contraseña. Pero lo que hacía de Kai-Alde un lugar sagrado era la mesa debate. Esa mesa larga, de madera vivida, donde se sentaban los de siempre y los de paso. Allí no se reservaba sitio: se ganaba con conversación.
Iñaki de Mujika, con su verbo preciso y su mirada de periodista eterno, llegaba temprano, como quien sabe que el primer café es el que mejor escucha. Luis Uranga, elegante incluso en el silencio, pedía sin levantar la voz. Joxemi Elduayen, presidente del Club de Remo, traía consigo el eco de las traineras y las mareas. Mari, que sabía escuchar como quien sabe curar, tejía puentes entre generaciones.
Ramón Olaskoaga, con su memoria de hierro y su humor de pueblo. Joseba Amunarriz, que hablaba de remo como quien habla de pan. El futbolista David Zurutuza, que entre viaje y viaje encontraba allí su rincón. Los Emery, los Aginagalde, se sentían en casa. Tantos deportistas, tantos rostros que pasaron por el campo y por la mesa.
Allí se hablaba de fútbol, de remo, de política, de recetas, de nietos. Se discutía con respeto, se reía con ganas. Kai-Alde era el salón del pueblo. El lugar donde la vida se pensaba en voz alta.
El cierre: cuando el tiempo pide tregua
La falta de relevo generacional ha sido el motivo. “La juventud quiere vivir la vida, no quiere madrugar ni trabajar los fines de semana”, decía Koldo, sin reproche, solo con la lucidez de quien ha vivido mucho. Él con 66 años, su hermano con 67. “Ya tenemos ganas de desconectar y vivir la vida de otra forma”.
Y así, sin ruido, Kai-Alde cerró. Pero no se apagó. Porque hay aromas que no se olvidan. Hay lugares que siguen abiertos en la memoria.
Lo que queda
Queda el eco de las conversaciones. Queda el sabor del franchipán. Queda la imagen de Koldo detrás del mostrador, con su delantal blanco y su sonrisa honesta. Queda la mesa de debate, aunque ya no esté. Queda el murmullo de las mañanas, el tintineo de las cucharillas, el saludo sin prisa.
Queda Hondarribia, un poco más sola, pero también más consciente de lo que tuvo. Porque Kai-Alde no era solo una pastelería. Era un modo de estar juntos. Y eso, queridos compañeros de lectura, no se cierra nunca.





