PABELLÓN: DEJAR ATRÁS LO QUE NO FUNCIONA, CONSTRUIR ALGO SENSATO. SI SE PUEDE

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PABELLÓN: DEJAR ATRÁS LO QUE NO FUNCIONA, CONSTRUIR ALGO SENSATO.  SI SE PUEDE

Repito un artículo escrito hace unos meses para no ahondar en cuestiones que susciten más polémica en relación a un asunto que nos está dejando descompuestos.

Hay asuntos que en Irun se quedan flotando, aunque uno crea haberlos cerrado. El pabellón es uno de ellos. No porque sea un símbolo ni un capricho, sino porque afecta a la vida diaria de demasiada gente como para dejarlo en un cajón. Y, sin embargo, ahí sigue: a medio camino entre lo que se quiso hacer y lo que no se supo hacer.

 El proyecto IAM nos está dejando un sabor amargo. No hace falta insistir: todos sabemos que no está saliendo bien. No es solo un error técnico; es una sensación de que la ciudad ha confiado en algo que se desmorona sin una explicación convincente. Y en Irun, donde la confianza se gana a pulso y se pierde en un minuto, eso deja huella.

 El Bidasoa, que lleva 63 años sosteniendo una parte esencial del carácter de esta ciudad, continúa trabajando en condiciones que ya no se corresponden con lo que representa ni con lo que la ciudad le exige. A su alrededor, el resto del tejido deportivo —baloncesto, gimnasia, fútbol sala, escuelas, barrios— empuja en silencio. No piden milagros; piden un pabellón que responda a la realidad de Irun, no a un dibujo que se quedó viejo antes de nacer. Por eso, quizá, ha llegado el momento de decirlo sin rodeos: el proyecto anterior hay que dejarlo atrás. No parchearlo, no maquillarlo, no intentar salvarlo por orgullo. Dejarlo. Porque arrastra desgaste, dudas y una forma de hacer que ya no sirve. Y sin necesidad de echarnos los trastos, por cuestiones electoralistas, con respeto.

 Mientras tanto, la necesidad no ha desaparecido. Lo que toca ahora es un proyecto razonable, ajustado a lo que la ciudad necesita y a lo que puede asumir. Un proyecto que empiece por donde debió empezar el anterior: un acuerdo interinstitucional serio, firmado antes de mover una sola piedra. Un acuerdo que garantice la financiación sin sobresaltos y que recoja de forma clara los intereses del Bidasoa, de los clubes, de los centros educativos y de todos los agentes que sostienen la vida deportiva de Irun. Un pacto que diga quién pone qué, cuándo y cómo. Que dé estabilidad. Que devuelva a la ciudad la sensación de que esta vez el timón lo lleva alguien que sabe hacia dónde va.

 Irun ha levantado cosas más difíciles que un pabellón. Lo ha hecho siempre con esa mezcla tan suya de prudencia y determinación, sin ruido, sin épica, sin convertir cada obra en un monumento. Cuando la ciudad se pone seria, lo hace con una naturalidad que desarma. Y cuando sus agentes empujan en la misma dirección, las cosas acaban saliendo. Tal vez eso sea lo que toca ahora: dejar atrás lo que no funcionó, acordar lo que debe sostenerse y avanzar. Sin prisa, pero sin titubeos. Con claridad, con honestidad, con ese sentido práctico que siempre ha sido la verdadera fuerza de Irun. Y, sobre todo, con la convicción de que esta vez, cuando la marea vuelva —porque siempre vuelve—, nos encuentre trabajando juntos, no mirando las piedras. Con sinceridad y honestidad, sin revanchismo, se construirá el futuro. Y por cierto ya en enero el Gobierno Vasco preguntó  por la situación del proyecto. Callada por respuesta. Y esto solo es contar parte de la verdad.

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