MÁS DE 32 AÑOS DE MAREAS, EXCUSAS Y PARÁLISIS. PLAIAUNDI SIGUE ESPERANDO SU DESALOJO

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MÁS DE 32 AÑOS DE MAREAS, EXCUSAS Y PARÁLISIS.  PLAIAUNDI SIGUE ESPERANDO SU DESALOJO

 

Desde 1993 se promete trasladar el rugby y el atletismo fuera del humedal protegido de Plaiaundi. Más de tres décadas después, los clubes siguen entrenando entre lagunas y compuertas mientras la política encadena retrasos, plazos incumplidos y anteproyectos que llegan siempre tarde. Txenperenea asoma como solución, pero la desconfianza es ya estructural.

Plaiaundi, joya ecológica de Irun y refugio de aves migratorias, fue declarado espacio protegido en 1993. Aquel año, todas las instituciones coincidieron en un diagnóstico tan claro como urgente: las instalaciones deportivas debían salir de allí. Treinta y tres años después, el rugby y el atletismo iruneses siguen ocupando el mismo espacio, convertidos en símbolo involuntario de la inacción política más persistente de la ciudad.

El humedal ha evolucionado, se ha integrado en la ZEPA Txingudi y en el LIC Txingudi-Bidasoa, y forma parte del entramado Natura 2000. Mientras tanto, el campo de rugby y la pista de atletismo —construidos en los años 80 para dar estabilidad a dos clubes entonces nómadas— han permanecido congelados en el tiempo, sin inversiones y sin horizonte claro. Los vestuarios están igual que hace décadas, cuando también estaba el campo de fútbol, inaugurado por el recién fallecido Carlos Garaikoetxea. Valoren la magnitud del abandono.

En 2018, PNV, Elkarrekin Podemos y EH Bildu impulsaron una propuesta conjunta para trasladar las instalaciones a Txenperenea, junto a la salida de Oñaurre. La iniciativa salió adelante, pero el proyecto tardó años en incorporarse al Plan General, otro ejemplo del ritmo administrativo que ha marcado este expediente: lento, errático y siempre condicionado por prioridades cambiantes.

No fue hasta noviembre de 2023 cuando se presentó un anteproyecto con apariencia de punto de inflexión: un campo de rugby de hierba natural, una pista de atletismo de ocho calles homologada, gimnasio, vestuarios, cafetería y un campo anexo de hierba artificial para entrenamientos. Una infraestructura que, en cualquier otra ciudad, habría sido considerada básica hace dos décadas, pero que en Irun se celebra como un avance histórico.

El problema, una vez más y como siempre, es el dinero. El convenio firmado en su día entre Irun, Hondarribia, la Diputación y el Gobierno Vasco hablaba de trasladar, no de modernizar. Replicar la pista de seis calles de Plaiaundi no servía al BAT, ni un campo sin refuerzos soportaría la actividad del Txingudi.

El acuerdo se concretó, pero la negociación posterior para la financiación avanza con la misma parsimonia que ha caracterizado todo el proceso. El traslado deportivo se integra en un desarrollo urbanístico mayor que prevé 850 viviendas, 660 de ellas de protección pública, en un ámbito de más de 163.000 metros cuadrados. El reciente Plan de Actuación Urbanizadora incluso contempla la posibilidad de adelantar el traslado, aunque todo depende de la disponibilidad presupuestaria.

Las instituciones buscan una fecha para estrenar el nuevo estadio. Los clubes, acostumbrados a escuchar plazos que nunca se cumplen, reciben la cifra con cautela. “Después de tantos años cuesta creerlo del todo”, explica un directivo que lleva años trabajando entre mazmorras. Treinta y tres años después, Plaiaundi sigue esperando. Y la ciudad también.

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