MARTIN MERQUELANZ CASTELLANOS JUGARÁ EN EL REAL UNION DE EMERY

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MARTIN MERQUELANZ CASTELLANOS JUGARÁ EN EL REAL UNION DE EMERY

Hay regresos que no necesitan trompetas ni comunicados: basta con que uno mire cómo cae la luz sobre el Bidasoa para entender que algo, por fin, vuelve a su sitio. El fichaje de Martin Merquelanz Castellanos por el Real Unión pertenece a esa clase de regresos silenciosos, hondos, inevitables. Regresos que estaban escritos desde hace años, mucho antes de que él debutara en Primera, incluso antes de que soñara con ser futbolista.

Porque Martin no vuelve solo. Vuelve con la memoria de Martin e Isabel, sus padres, dos deportistas magníficos, de esos que no necesitan medallas para demostrar que el deporte es una forma de vivir con dignidad, esfuerzo y alegría. En casa de los Merquelanz el balón nunca fue un objeto: fue una conversación, una manera de entender el mundo, un latido compartido. Y eso, en Irun, pesa más que cualquier contrato. Martín- el aita-  ya no está entre nosotros, pero será su faro. Isabel conoce el deporte y la vida, para saber como reaccionar.

Vuelve también con la sombra luminosa de Fortu Castellanos el abuelo histórico del  Real Unión,  que hablaba del club como quien habla de una familia. Con las historias de Luis, el tío mago del balón, y de Ramón, líbero de primera, todos ellos unidos por esa fraternidad futbolera que se respiraba en el CD San Marcial y en las tardes eternas junto a Bixio Gorriz. Merquelanz no ficha por el Real Unión: regresa a su árbol genealógico, a la raíz que nunca se rompió.

Llega sin estridencias, con la humildad de quien ha visto el fútbol desde dentro y desde abajo, desde la gloria y desde el quirófano. Llega con las rodillas remendadas y el alma entera. Con esa sonrisa tímida que enseñó en Hong Kong mientras levantaba un trofeo que, siendo sinceros, le quedaba lejos del corazón. Allí recuperó el oficio, la continuidad, la certeza de que aún podía jugar sin miedo. Pero la felicidad, ya lo dijo él, no puede estar a diez mil kilómetros de casa.

La felicidad, para Martin, tiene un nombre que no necesita explicación: Real Unión Club de Irun.

Habrá quien mire su llegada con la frialdad de las estadísticas. Pero aquí, en esta ciudad que sabe de heridas y de ascensos, de naufragios y de milagros, se entiende otra cosa: que hay futbolistas que no vienen a sumar puntos, sino a reparar vínculos. Merquelanz es uno de ellos.

Cuando salga al césped del Gal, quizá recuerde aquel debut cruel en Ipurua, el balón que apenas tocó antes de caer al pozo. Pero esta vez será distinto. Esta vez, cuando toque el primer balón, no habrá pozo: habrá hogar. Y en las gradas, entre los viejos unionistas que aún hablan de Bixio como si fuera un santo laico,- aunque no jugó en el Real Unión por cabezonada de algún desconocido en cartería- alguien dirá en voz baja: "Merquelanz sí, éste sí jugará en el Real Unión".

Y sí, ha vuelto. No para retirarse, no para cumplir un trámite. Ha vuelto para sentirse futbolista en el único lugar donde eso significa algo más que jugar. Y todos estaremos cerca, con Mario Capelete también, un fiel escudero de Martín, y todos los que amamos al Real Unión.

 

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