LA ÉPICA DE ALFARO, CUANDO EL TIEMPO SE RINDE

El fútbol, como siempre, se obstina en recordarnos que nada está escrito hasta que el último segundo se extingue. Hasta el rabo todo es toro que diría el castizo. En Alfaro, el Real Unión volvió a encarnar esa verdad ancestral: esperar, creer, insistir. El reloj marcaba el minuto 96 y el aire olía a derrota, a resignación, a esos domingos que se archivan en la memoria como páginas grises. Pero entonces apareció Soroeta, con la serenidad de quien sabe que un gesto puede torcer el destino, y su gol fue más que un empate: fue la irrupción de la esperanza en un estadio que ya se despedía del triunfo.
Dos minutos después, cuando el eco del primer milagro aún vibraba en las gargantas, Unai García evitó la defensa rival y escribió la última línea de la epopeya. El 98 se convirtió en cifra sagrada, en símbolo de un club que no se resigna a ser espectador de su propia historia. Alfaro quedó desolado, prisionero de esa cruel ironía que convierte la victoria en derrota en apenas un parpadeo. El Real Unión, en cambio, se marchó con la certeza de haber conquistado algo más que tres puntos: la reafirmación de su identidad, esa que lo vincula con la épica y su memoria.
Porque lo que ocurrió en Alfaro no fue solo un desenlace deportivo, sino un recordatorio de que el fútbol es un relato que se escribe con sudor, con fe y con la obstinación de quienes creen que el tiempo puede doblarse. El minuto 96 y el 98 ya no son cifras: son capítulos de una novela que se suma a la tradición unionista, esa que convierte cada partido en un espejo del club, de su carácter, de su historia. Y así, entre la incredulidad y la gloria, el Real Unión volvió a demostrar que la épica no se busca: se encuentra, se conquista, se hereda. Y el Real Unión es colider, aunque para Ramsés eso ahora no es lo trascendental. Es posible que tenga razón, pero el aficionado que acudió a Alfaro lo disfrutó. Y que conste que los riojanos pudieron ganar, pero la continuidad del Real Unión fue al final determinante.
FOTO: BÁRBARA DUARTE





