LA BANDERA NO LLEGA PERO HONDARRIBIA VUELVE A ENCENDER LA VIEJA LLAMA VERDE

Hay jornadas en las que el remo deja de ser deporte para convertirse en un espejo donde una ciudad se reconoce. Y en Hondarribia, en ese campo de regatas que respira salitre antiguo, la Ama Guadalupekoa volvió a ofrecer algo que no cabe en las clasificaciones: una gesta íntima, una afirmación de carácter, una comunión que atraviesa generaciones y que, como decía aquel viejo cronista, “no se explica, se siente”.
Porque sí, la bandera viajó a Orio —y sería injusto, casi mezquino, restar un ápice de mérito a los aguiluchos, que reman con la serenidad de quien sabe que está escribiendo una temporada para la historia—, pero la emoción, el temblor, la respiración contenida de miles de gargantas, eso se quedó aquí, en Hondarribia - en Irun también- como se quedan las cosas que importan.
La segunda tanda fue mágica. La Ama Guadalupekoa salió con ese gesto que solo tienen las tripulaciones que se saben en casa: la mirada fija, el remo largo, la cadencia que no pide permiso. Y desde la primera palada, sin necesidad de mirar a los lados, fue soltando rivales como quien despeja un camino que conoce de memoria.
Primero cedió Itsasoko Ama, luego Bermeo, después Lekittarra. Y mientras la trainera avanzaba, el tiempo de referencia crecía, y con él crecía también esa vieja sensación que en Hondarribia e Irun, se transmite de padres a hijos: la bandera puede quedarse aquí, la bandera puede volver a casa, la bandera puede ser nuestra.
Durante unos minutos —los más hermosos del mediodía — la ciudad entera creyó.
Pero quedaba Orio. Y Orio, que este año rema con la precisión de un reloj y la contundencia de un martillo, no se dejó sorprender. Desde una calle ingrata, fue construyendo su victoria con esa mezcla de oficio y serenidad que distingue a los grandes. En el ecuador de la regata aventajaba a Hondarribia en cuatro segundos; en el último giro, la renta se había reducido.
Un segundo. Ese territorio mínimo donde se decide la gloria.
Fue entonces cuando apareció Gorka Aranberri, que supo leer el campo, el viento, la presión, y exprimió a su tripulación en un último largo que tuvo algo de sentencia y algo de homenaje: sentencia porque aseguró la décima bandera de la temporada; homenaje porque reconoció, sin palabras, que Hondarribia había obligado al líder a remar de verdad.
Hay algo que Nicolás Aguirre Díez siempre supo contar mejor que nadie: la manera en que Irun vive el remo. No como un espectáculo, sino como una continuidad emocional. Como una forma de estar juntos. Como un idioma que no necesita traducción.
Y cuando la Ama Guadalupekoa cruzó la meta con ese tiempo que superaba incluso a Getaria, hubo un silencio breve, casi sagrado, en la zona de meta. Un silencio que no era duda, ni miedo, ni cálculo: era esperanza. Era comunión. Era la ciudad entera conteniendo el aliento, como si la bandera dependiera de ese instante.
Ese silencio —ese latido compartido— vale más que cualquier bandera.
La bandera se fue a Orio, sí. Pero la llama verde volvió a encenderse. Y eso, en Hondarribia, tiene un valor que no se mide en segundos ni en puntos. La Ama Guadalupekoa no ganó la regata, pero ganó algo más profundo: el respeto del líder, la ilusión de la afición y la certeza de que, cuando reman así, la bandera puede volver a casa en cualquier momento.
Y esa certeza —esa fe que no se compra ni se vende— es la verdadera victoria de la jornada.
Y aun así, la hoja de tiempos, fría como siempre, dice lo siguiente:
Hondarribiko XXXIX. Bandera
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Orio — 20:06,60
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Hondarribia — 20:15,88
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Zierbena — 20:21,50
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Getaria — 20:29,42
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Lekittarra — 20:32,22
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Bermeo — 20:32,28
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Donostiarra — 20:32,74
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Ares — 20:54,42
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Ondarroa — 20:54,78
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Itsasoko Ama — 20:55,94
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Chapela — 21:00,08
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San Juan — 21:13,36
Y en la Eusko Label Liga, la tabla se estira como un horizonte que todavía guarda batallas:
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Orio — 145
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Zierbena — 122
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Bermeo — 111
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Getaria — 108
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Hondarribia — 105
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Donostiarra — 99
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Ondarroa — 76
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Lekittarra — 69
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Itsasoko Ama — 54
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San Juan — 50
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Ares — 37
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Chapela — 37
Pero ninguna clasificación recoge lo que ocurrió: la ciudad respirando al unísono, la trainera verde remando con orgullo, y la certeza —tan hondarribiarra — de que hay días en los que la bandera no llega, pero la llama vuelve a encenderse.





