JUANMA GARATE, EL IRUNDARRA QUE HIZO HABLAR AL VIENTO EN EL MONT VENTOUX

El ciclista irundarra conquistó la cima más simbólica del Tour de Francia y entró en la historia como el primer español en vencer en el coloso provenzal
El deporte, como la vida, a veces se encierra en una frase sencilla. Y Juan Manuel Garate, ciclista de Irun, nos lo recordó desde las alturas del Mont Ventoux aquel sábado 25 de julio de 2009: “No puedo añadir nada más a mi carrera.” En esa expresión cabía todo: el camino, el esfuerzo, las dudas, la constancia… y, sobre todo, el broche de oro de una trayectoria digna de los grandes campeones.
Garate no era de estridencias ni titulares fáciles. Aunque siempre había sido de fácil verborrea. Era más bien de pedaladas silenciosas y trabajo sereno. Su carrera estaba llena de logros sobrios y sólidos: etapas en la Vuelta y en el Giro, campeón de España, cuarto en una gran vuelta. Pero faltaba algo. Faltaba el lugar mítico, la gesta imperecedera, el recuerdo que quedara grabado más allá del palmarés.
Y así llegó el Mont Ventoux. Una cima a la que no se sube: se sobrevive. Un escenario lunar donde los vientos silban nombres y olvidos. "Allí, entre el polvo blanco y la mirada del mundo, Juanma se hizo eterno”, decía Garagarza, el histórico miembro del Club Ciclista Irunés. Garate llegó con la misión de ayudar, pero encontró su momento. Con Menchov lejos de la general, apretó los dientes y buscó la fuga. El duelo con Tony Martin fue tan psicológico como físico. Y en los últimos 400 metros, el irundarra atacó con decisión, como quien ya había hablado con el destino la noche anterior.
Subió con el alma de Irun en cada pedalada. No era solo fuerza: era convicción, era memoria, era respeto por el oficio. En la fuga, junto a Tony Martin, resistió el desgaste de tres semanas duras, caídas, cortes y decepciones. Y cuando el viento del Ventoux quiso poner a prueba su temple, Juanma respondió como los de casa: sin alardes, pero con verdad.
“Hoy se ha hecho realidad”, dijo luego, aún sin creérselo. Porque hay victorias que solo se entienden al volver a casa, como él mismo intuyó. No hay mayor grandeza que la que se alcanza sin ruido. E Irun, que no siempre aparecía en los mapas del ciclismo —ese día sí y hoy en día también— emergió en la cima más alta del Tour.
Y yo me acordé del jersey amarillo de Errandonea en Angers, cuando superó a Poulidor en el prólogo. Y de la Vuelta Ciclista al Bidasoa, y del Club Ciclista Irunés, y de la prueba de San Pedro, y de los que aman este maravilloso deporte.
Había soñado, la noche anterior, que iba a ganar la etapa. Juan Antonio Flecha le llamó desde entonces mítico.





