JUANITO EMERY, CUANDO EL CORAJE TENÍA NOMBRE Y APODO

Me decía Nicolás Aguirre que "fue en Behobia, en la que conocíamos como la campa, junto a la vieja escuela —todavía intacta— y el frontón de solo frontis, donde Juanito Emery empezó a demostrar sus condiciones de guardameta. Tan sobresalientes eran éstas que, al poco tiempo, con dieciséis años, formaría en el equipo del C.D. Behobia, que participaba en los campeonatos locales. Fernando Vesga fue el muñidor de ese equipo, reclutando jugadores y proporcionándoles camisetas, pantalones, medias y botas".
Custodiando la portería del C.D. Behobia, Juanito Emery —el chaval que apenas había cumplido los dieciséis años— demostró un valor, una visión y un aplomo fuera de lo común. No es que fuera un portero temerario en las salidas o en los despejes; es que sus lanzamientos a los pies del delantero rival eran acciones propias de guardametas de vocación aparentemente suicida. Hablamos de apariencias, porque en aquellos lanzamientos el valor se aliaba con una concentración serena e instantánea. El niño‑guardameta adquirió fama de valiente, sin remilgos para jugarse el físico.
Y las gentes de Behobia, "con tradición para aplicar seudónimos", según Nicolás, le adjudicaron el de “Cañitas”. El motivo fue sencillo y notorio. Notorio, porque en aquellos años hubo un torero mexicano, Carlos Vera, apodado Cañitas. Llegó a España con fama de valiente y, en las corridas de la Semana Grande, esa fama quedó más que justificada en unas faenas tremebundas y espeluznantes. Entonces, la ligazón entre el Chofre —la plaza de toros de San Sebastián— y la campa de Behobia quedó sentimentalmente inaugurada: al crío valiente que vigilaba la portería del C.D. Behobia se le bautizaría con el apelativo de otro valiente: “Cañitas”.
En la temporada 1950/51, con apenas diecisiete años, fichó por el Real Unión y se hizo con la titularidad. La consiguió empleando los medios que ya había dejado bien asentados en el equipo del barrio: seguridad plena en todas las acciones, ausencia total de gestos tan llamativos como poco útiles y, por encima de todo, ese valor reflexivo pero audaz en la estela de los grandes guardametas.
Después llegó un recorrido por distintos equipos. Acaso fuese en el Deportivo de La Coruña donde su personalidad quedó más definida y también más elogiada. Con los de Riazor consiguió el ascenso a Primera. Fue uno de los hombres clave: en el curso de aquella competición no era nada fácil batir a Juanito Emery, y esta circunstancia coadyuvó —¡y cómo!— a la conquista de la nueva categoría.
El Juanito Emery deportista dio paso al hombre que afronta su vida personal después de una larguísima trayectoria. Y aquí —me decía Nicolás— «demostró que se trataba de un hombre cabal, medido en sus palabras, nunca con la censura en los labios y siempre con el comentario objetivo y bien razonado. Nos relacionamos con él bastante: de casi niño en Behobia, y decenas de años después como entrenador del C.D. Palmira».
"No me cites en las crónicas; sea la influencia buena o nula de los entrenadores. He tenido muchos", le recordaba a Aguirre. Nicolás me precisó: "Cumplimos sus deseos, humildes y sinceros, de no mencionarle. Juanito Emery fue, por encima de todo, un hombre íntegro". Y con la integridad, añadimos, por su naturaleza moral, nunca se pierde el aura de la juventud.





