JESÚS IGUIÑIZ LIZARRAGA, EL HOMBRE QUE VIVIÓ EN EL STADIUM GAL

Hay vidas que se narran desde el centro del campo, otras desde la grada, y algunas —las menos— desde el subsuelo de la historia. La de Jesús Iguiñiz Lizarraga pertenece a esta última categoría. No por oscuridad, sino por profundidad. Porque su biografía no se cuenta en goles ni en titulares, sino en gestos, en rutinas, en una forma de habitar el Stadium Gal como quien habita una memoria.
Jesús no llegó al Stadium: nació en él. Hijo de Josetxo Iguiñiz, conserje histórico del Gal en los años sesenta y setenta, y Maria Luisa Lizarraga, su infancia transcurrió entre el murmullo del Bidasoa y el eco de los balonazos. La vivienda familiar, encajada en las entrañas del Stadium, era más que un hogar: era una atalaya desde la que se observaba el mundo del fútbol sin necesidad de encender la televisión. Allí, entre inundaciones periódicas y el olor a césped recién cortado, se forjó una sensibilidad que no entiende el deporte como espectáculo, sino como paisaje.
Josetxo, su padre, fue jardinero, cuidador, improvisado mariscador. En un gesto que hoy parecería surrealista pero entonces era pura lógica de subsistencia, convirtió la antigua piscina del Stadium Gal en un criadero de almejas. No por extravagancia, sino por vínculo. Porque el Stadium no era solo un lugar de trabajo: era un ecosistema. Y Jesús heredó esa mirada.
Durante años, Jesús fue informador radiofónico, cronista de entrenamientos, testigo discreto de lo que ocurría cuando las cámaras se apagaban. Su voz, sin estridencias, acompañó a quienes querían saber no solo quién jugaba, sino cómo estaba el campo, qué viento soplaba, qué rumor se escuchaba en la caseta. No era periodista, ni pretendía serlo. Era un narrador de lo cotidiano, un custodio de lo invisible.
El césped, para él, no era superficie: era sustancia. Lo cuidaba como se cuida un jardín que se ha visto crecer. Sabía cuándo regar, cuándo dejar descansar, cuándo hablarle en voz baja. Porque en Gal, el césped no es decorado: es protagonista. Y Jesús lo trataba como tal. y su hermano José Luis también.
Hoy, cuando el fútbol se ha convertido en industria, en algoritmo, en espectáculo global, la figura de Jesús Iguiñiz Lizárraga nos recuerda que hubo un tiempo —y aún hay lugares— donde el Stadium era también casa. Donde el balón no era solo objeto de deseo, sino compañero de vida. Donde vivir en el Stdium no era metáfora, sino realidad.
Y en esa realidad, Jesús fue mucho más que un residente. Fue parte del alma del Gal. No hay placa con su nombre, ni falta que hace. Su legado está en el rumor del río, en el verde del campo, en la memoria de quienes lo vieron caminar por la banda como quien camina por el pasillo de su casa. Porque, en su caso, eso era exactamente lo que hacía.¡Aúpa Unión! María Luisa, nos acordamos, los veteranos, de las maravillosas plantas del Stadium y de una simpatía desbordante. Y de vuestros consejos sabios.
PD: en Irun siempre ha sido EL STADIUM GAL, desde la fecha de su inauguración el 19 de septiembre de 1926.





