JAVIER SAGARZAZU, LA LUZ DEL BIDASOA EN LA ACUARELA

En la plaza de Gipuzkoa, donde el rumor del mar se cuela entre los plátanos y las piedras centenarias, hay un rincón donde el tiempo se aquieta. Allí, entre papeles húmedos, pigmentos que huelen a tierra mojada y pinceles que han aprendido a respirar paisaje, trabaja Javier Sagarzazu. Pintor autodidacta, hombre de mirada serena, ha hecho de la acuarela su morada y de la pintura su forma de estar en el mundo.
A sus casi ochenta años, sigue activo, rodeado de lienzos y memorias. “Soy un trabajador nato”, dice, mientras acomoda una de sus obras en la Galería Arkupe, el espacio que ha habitado durante 43 años. Para él, la plaza no es solo un lugar: es un latido cultural, un escenario donde su vida ha ido tomando forma. “En tiempos hubo siete galerías aquí. Venía mucha gente. Esta es mi vida”, murmura, con la nostalgia de quien ha visto pasar generaciones por su ventana.
Su relación con la pintura nació temprano, como nacen las cosas esenciales: sin ruido, sin escuela, sin pretensión. A los nueve años ya pintaba acuarelas. “Empecé gracias a Gaspar Montes, cliente del Bar Manolo”, recuerda. Montes Iturrioz, maestro de la pintura, fue uno de los primeros faros, junto con Bienabe Artía, Albizu y Gracenea, este último amigo de su padre. “Gracenea le regaló un cuadro firmado. Dejaba los caballetes, los lienzos… Era todo muy natural”, dice, como quien evoca una infancia sin artificios.
Aunque la acuarela ha sido su lenguaje principal, también ha dialogado con el óleo. Su obra ha viajado por París, Londres, Viena, Florencia, Lisboa, Múnich, Nueva York, Berlín, Caracas, Burdeos. Venecia. Es un enamorado de Venecia. Ciento diez exposiciones individuales. “En Caracas gracias al secretario de Euskal Etxea. Coincidí con él en una expòsición en Vitoria, y partir de ese encuentro organizamos una exposición. Vendí toda la obra. Pero no era solo cuestión mercantil, sino afinidad”, cuenta, con ese tono que mezcla gratitud y asombro.
Su formación, aunque no académica, fue intensa. En 1967 participó en el décimo curso de orientación artística, donde recibió clases de Antonio Zarco, el Marqués de Lozoya y el poeta José Hierro, entre otros. “Por la mañana teníamos conferencias, por la tarde pintábamos. Había un profesor que me decía: "Está bien, está bien. Siempre estaba bien. Yo quería que me corrigiese, porque eso me animaba mucho”, relata. También recuerda una visita a la Iglesia de Santo Tomé de Toledo, donde vio el Entierro del Conde Orgaz. “Me impresionó mucho”, confiesa, como quien aún guarda el temblor de aquella revelación. Pero es que también nos llevaron al Santuario de la Vírgen de la Caridad, en Illescas, donde se encuentra gran parte de la obra de "El Greco". Excepcional"., concluye el artista. Obtuvo el Premio Nacional de Acuarela.
Sagarzazu ha sido testigo del arte vasco contemporáneo. En Madrid, asistió a una colectiva de escultura con Basterrechea, Oteiza y Chillida. “Fue una experiencia muy enriquecedora. Vi cómo el arte vasco se expresaba con fuerza”, comenta. En 1972 fundó la Escuela-Taller de Hondarribia, convencido de que el arte debía compartirse. “Hay que saber dibujar”, insiste, recordando los consejos de Mendiburu, quien también le animó a estudiar en Madrid."‘Este chico tiene que estudiar en Madrid’”, recuerda. Ha sido un gran admirador de Mendiburu.
Hoy, la pasión sigue intacta. “La pintura sigue siendo mi vida. Mientras tenga luz, seguiré buscando colores”, afirma. Para él, pintar no es reproducir imágenes, sino traducir emociones. “La acuarela es la síntesis de mi saber”, repite, como si esa frase contuviera toda su biografía. Su obra no busca el efectismo ni la grandilocuencia. Al contrario, se caracteriza por "una sobriedad cromática, una composición disciplinada y una atmósfera serena, que permite al espectador una comprensión y profunda. En este sentido, su pintura se alinea con la premisa de Cézannne: respetar la naturaleza, reordenándola pictóricamente", escribía un histórico observador del Bidasoa, Juan Luis Seisdedos, el periodista eterno.
Y así, en la plaza de Gipuzkoa, donde tantos artistas han dejado huella,-por cierto también me habló de Arrecubieta- Javier Sagarzazu sigue pintando. no por costumbre, sino por necesidad. Porque para él, el arte no es oficio ni ornamento: es respiración, es raíz, es forma de estar. El lunes nos deleitó, una vez más, en el programa TELEVERANO en TELEDONOSTI, que dirigen Xabier Bermúdez y Juan Pedro Harocarene. Nos decia un veterano crítico que Sagarzazu representa la sensatez, la autenticidad y el respeto por el arte. Y nos faltaba Helena Elbusto, la Maestra.
Y para terminar, no quiero olvidar su primera obra "Vista desde la muralla", que vendió a los 15 años; desde entonces no ha dejado de pintar, enseñar y compartir su arte. Lejos queda la tutela de la pintora francesa Colette Roche, quien afinó su técnica y su sensibilidad, consolidando una vocación que ya era destino.





