JAVIER GUEZURAGA: CLARIDAD EN LA LÍNEA, HONDURA EN LA PALABRA

Ha fallecido Javier Guezuraga. Arquitecto de oficio, pensador de vocación, irunés de raíz. Su muerte, poco tiempo después de la de su hija Miren, deja un hueco que no se mide en metros cuadrados, sino en silencios compartidos. El mismo silencio que tendremos los que compartíamos café con él en el Paseo de Colón, donde su vastísima cultura nos empequeñecía y engrandecía a la vez.
No era solo un arquitecto de nivel superior. Era un hombre que pensaba la ciudad como quien la habita con los cinco sentidos. Cada plano suyo tenía algo de conversación. Cada conversación, algo de estructura. No dibujaba para impresionar, sino para comprender. Y en ese gesto, dejaba huella.
Militante del PNV, nacionalista sin estridencias, defendía sus ideas con firmeza y cortesía. No buscaba convencer: buscaba claridad. Y la encontraba. Tenía esa rara virtud de la clarividencia infusa, la que no se aprende en libros, pero se nota en cada frase. Amigo de sus amigos, con esa lealtad que no se exhibe, pero se siente.
Amaba la Tamborrada, el Alarde, las fiestas que hacen ciudad. No como espectador, sino como parte del pulso. Sabía que la identidad no se proclama: se celebra. Y lo hacía con alegría sobria, con elegancia.
Hoy Irun está más sola. No por lo que falta, sino por lo que se va con él: una forma de pensar, de discutir, de querer. No hay placa que recoja su legado, pero sí memoria que lo sostiene. En cada calle que ayudó a imaginar. En cada conversación que exigía precisión. En cada tambor que suene con sentido.
Goian bego, Javier.
Un amigo.





