JAVIER GARMENDIA ETXANIZ, EL HOMBRE QUE TRABAJÓ MIENTRAS OTROS MIRABAN

En el fútbol irunés hay nombres que no necesitan presentación porque nunca la tuvieron. Javier Garmendia Etxaniz es uno de ellos. No fue estrella, ni pretendió serlo. Fue algo más útil: un hombre que trabajó. Y en Irun, donde el ruido siempre ha sido más barato que el esfuerzo, eso ya es una rareza.
Su paso por el Real Unión empezó en el Juvenil y siguió en el Regional, dos categorías donde se aprende lo que no enseñan los manuales: a correr cuando llueve, a competir cuando no apetece y a entender que la camiseta pesa más que el resultado. Allí se formó un futbolista serio, de los que no levantan la voz porque no lo necesitan.
Cuando dejó de jugar, no se fue. Se quedó, que es la forma más honesta de querer a un club. Trabajó en la cantera, ese territorio donde se decide el futuro sin que nadie lo agradezca. Fue asistente de Gonzalo Arkonada Etxarri, aportando orden, criterio y una lectura del vestuario que solo tienen los que han pasado por el barro. No era un técnico de frases: era un técnico de hechos. Y en el Stadium Gal, los hechos siempre han valido más que las promesas.
Pero si su aportación al Real Unión fue profunda, su obra en el San Marcial fue directamente fundacional. Fundador, delegado y entrenador, Garmendia convirtió aquel club en lo que algunos llaman “fútbol base” y otros, con más precisión, llaman trabajo. Allí, sin focos ni discursos, levantó un vivero que surtió al primer equipo unionista durante años. No es una metáfora: es una lista.interminable.
De aquel San Marcial salieron Etulain, Sagues, Bakero, Amezketa, Hidalgo, Manterola, Carrillo, Martiarena, Ito, Iparraguirre, Iriondo, Legorburu, y unos cuantos más que harían interminable cualquier párrafo. Todos ellos pasaron por sus manos. Y no porque él los señalara, sino porque los formó. Que es más difícil. Un San Marcial, presidido por el histórico Luis García, que jugaba en los cuarteles de Ventas, en un terreno de juego de arena.
El San Marcial que él ayudó a construir fue, durante años, la despensa del Real Unión. Y en una ciudad que presume de memoria pero practica el olvido selectivo, conviene recordarlo: sin aquel trabajo, el club habría tenido menos futuro.
Su hijo, Javier, siguió el camino con una carrera sólida en distintos equipos. No por genética, sino por educación. En casa, el fútbol no era un espectáculo: era una forma de comportarse.
Hoy, cuando el Real Unión revisa su historia para entender quién sostuvo el club en los años discretos, el nombre de Javier Garmendia Etxaniz aparece sin necesidad de subrayado. No fue protagonista. Fue imprescindible. Y en tiempos de ruido, conviene recordar a quienes hicieron del silencio una virtud.
Garmendia, en la foto con la gorra, con algunos históricos de nuestro club: Sagües, Ricardo Costa, su hijo Javier Garmendia, Txetxu Martínez, Xabi Peña, y otros amigos.





