ITZIAR VERGARA, LA INVESTIGADORA IRUNDARRA QUE APRENDIÓ A MIRAR EL MUNDO ENTRE HIERRO,TELAS Y FRONTERAS

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ITZIAR VERGARA, LA INVESTIGADORA IRUNDARRA QUE APRENDIÓ A MIRAR EL MUNDO ENTRE HIERRO,TELAS Y FRONTERAS

La directora científica de Biogipuzkoa reivindica sus raíces en Irun, donde creció entre el taller de su padre —colaborador del artista Javier Sagarzazu— y la aguja de su madre. Estudió en El Pilar y Martindozenea antes de iniciar una trayectoria científica marcada por la cercanía y la defensa de un liderazgo colaborativo.

La investigadora Itziar Vergara, irundarra de nacimiento y convicción, es una de esas figuras que transforman sin necesidad de levantar la voz. Directora científica del Instituto de Investigación Sanitaria Biogipuzkoa, su trayectoria combina excelencia científica, compromiso social y una manera de estar en el mundo marcada por la discreción luminosa y la cercanía.

Vergara creció en una casa donde el trabajo tenía sonido propio. Su padre, José Miguel, herrero y tornero, colaboró con el artista Javier Sagarzazu en la creación de verjas y estructuras que aún hoy forman parte del paisaje cultural de la ciudad. Su madre, modista, cosía vestidos —primero junto a Juncal Arrieta y más tarde por libre— con la precisión de quien entiende que la belleza también es una forma de cuidado. De esa mezcla de fuerza y detalle, de hierro y hilo, parece haber heredado su carácter.

Su formación comenzó en Irun, en los colegios El Pilar y Martindozenea, - cuánto txangai de por medio- donde aprendió que las fronteras no son solo líneas en un mapa, sino lugares donde las historias se cruzan. Esa mirada abierta impregna su forma de entender la salud: un territorio vivo, lleno de matices, donde cada persona es un mapa que cambia.

Aunque estudió Medicina, lo que realmente estudió —según quienes la conocen— fueron a las personas: a quienes envejecen, a quienes conviven con varias enfermedades, a quienes necesitan ser escuchadas antes de ser diagnosticadas. Su carrera la llevó lejos, hasta la Universidad de Berkeley, congresos internacionales y proyectos europeos, pero su brújula profesional siempre ha apuntado al mismo lugar: la fragilidad humana y la dignidad de quienes la encarnan.

En su labor directiva, Vergara apuesta por un liderazgo colaborativo y horizontal. Rehúye los pedestales y prefiere la mesa compartida, el pensamiento colectivo y la inteligencia que se construye entre varias manos. Quienes trabajan con ella aseguran que su manera de transformar es tranquila: no empuja, acompaña; no impone, propone.

Su vínculo con Irun sigue siendo esencial. En el Museo Oiasso impulsa encuentros entre historia y ciencia, convencida de que el conocimiento solo cobra sentido cuando se comparte. Allí, entre restos romanos y preguntas contemporáneas, despliega otra de sus esencias: la curiosidad como forma de afecto.

Para muchos, su liderazgo recuerda a las verjas que su padre forjaba en Anaka: sólidas, hermosas, hechas para durar, pero siempre abiertas. En el fondo, Itziar Vergara es una investigadora que no ha olvidado que detrás de cada dato hay una vida, y una irundarra que lleva su ciudad como un amuleto discreto: no para exhibirlo, sino para recordar de dónde viene la fuerza.

foto: Itziar Vergara recibió el premio Gigante de Irun en la Sociedad Irungo Atsegiña

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