IRUDEK BIDASOA IRUN: LA VICTORIA QUE SE DESGRANA EN LA VIDA DIARIA EN IRUN

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IRUDEK BIDASOA IRUN: LA VICTORIA QUE SE DESGRANA EN LA VIDA DIARIA EN IRUN

El triunfo europeo frente al Saint Raphael no se quedó en el marcador. En Irun, se transformó en conversación de mercado, en tertulia de café y en memoria compartida que enlaza pasado y presente.

La victoria del Irudek Bidasoa Irun frente al Saint Raphael no se mide en goles ni en estadísticas frías. Se mide en las conversaciones que brotan al amanecer, en las esquinas de la ciudad, en los saludos que se prolongan porque hay que comentar “cómo defendieron los nuestros” o “qué parada hizo el portero”. Esa es la esencia: defender, defender, defender. Portería acertada, balance firme y el sacrificio de Esteban Salinas como metáfora de entrega.

En Irun, las alegrías deportivas se expresan con discreción, en gestos cotidianos. El vecino que se cruza en el mercado —aunque ya queden pocos puestos en el de abastos— y sonríe con complicidad. Lopetegi, sirve el café con prisa porque sabe que Javier Urtizaberea y Ormaza quieren hablar del partido; el attona que recuerda las viejas gestas en el Uranzu y las enlaza con lo vivido anoche.

La reacción del equipo fue sobria, como corresponde al Bidasoa, como les gusta a José Antonio Errazkin, Manolo López, Javier Sesma, “Bilili” o a Borja Olazabal. Orgullo, sí, pero sin alharacas. Los jugadores parecían conscientes de que cada gol había sido trabajado como se trabaja una huerta: con paciencia, esfuerzo y esa humildad guipuzcoana que tanto atrae.

No hubo tiempo para celebrarlo en las sociedades gastronómicas ni para comentarlo entre platos de bacalao al pil-pil y txakoli fresco. “Defendieron como se defiende un equipo ganador”, decía el profesor Mario Hernández, y todos asentían, porque en Irun el deporte se entiende desde la vida diaria, desde las metáforas que nacen de lo cercano.

La ciudad, tras el triunfo, no se transformó en fiesta desbordada, sino en alegría contenida. Una alegría que se reparte en pequeñas dosis: en el saludo de Mikel, el carnicero de BM Mendibil; en la charla del autobús con Carmelo, el maestro de la calle Uranzu; en el comentario de Manolo, el kiosquero. Porque aquí, las victorias se guardan en la memoria común, como se guardan las historias familiares.

El Bidasoa, con su reacción serena, nos recordó que ganar también es saber mantener los pies en el suelo. Y que, al final, lo importante no es solo el marcador, sino cómo ese triunfo se convierte en relato de barrio, en conversación de plaza, en orgullo discreto que nos acompaña mientras seguimos con nuestra vida.

El sábado espera Alicante, con Xabier Barreto, Urruzola, Torriko, Parker y compañía, los que acaban de imponerse en el Palau al Granollers por 29-31. Allí estará Jaime Cremades como presidente, Ñago —el amigo de Mario Hernández— y la memoria de nuestra leyenda del balonmano, especialmente en Alicante, donde triunfó con el Calpisa. Álex sabe todo esto, y más, y así prepara el camino de la victoria. Y mañana hablaremos de la camiseta verde, con la que jugaremos contra Valladolid y Flensburg.

 

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