HASTA AQUÍ, EUROPA

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HASTA AQUÍ, EUROPA

 

El Irudek Bidasoa Irun se despidió este martes de la aventura continental con la dignidad que siempre se le presupone y que pocas veces se le reconoce. Perdió ante el Montpellier (34-36), sí, pero lo hizo como suelen caer los equipos que se saben más pequeños: sin bajar la mirada y obligando al poderoso a emplear algo más que su pedigrí. Al final, fue un caballero de la República Francesa quien apagó las luces.

Artaleku, que entiende de esfuerzos y de heridas, despidió a los suyos en el descanso con una ovación que decía más que el marcador. El partido no valía ya para avanzar, pero la grada respondió como si aún quedara algo por decidir. Y durante un buen rato, lo pareció: del 11-15 al 17-16 en un suspiro, con Dariel García culminando una transición que devolvió el pulso al viejo pabellón.

El Montpellier había arrancado con la suficiencia del que se sabe favorito. Simonet, novedad respecto a la ida, manejó el ritmo con la naturalidad de quien lleva años en estas lides.  Pero no vino de paseo después de su derrota en París y las 8 horas de autobús. A su alrededor, la primera línea francesa —esa maquinaria que no necesita presentación— empezó a abrir grietas en la portería de Skrzyniarz, que aun así sostuvo al equipo en los primeros compases.

Pero la noche tenía otro relato reservado: el de los canteranos. Raix, Wamba y Arruti, tres chavales que aún no han terminado de hacerse al tamaño de la camiseta, jugaron como si llevaran una década en ella. No bastó para mandar, pero sí para que el Montpellier entendiera que en Irun no se regala ni un metro.

La defensa adelantada de Mielczarski, los ataques de siete, las rotaciones forzadas por las ausencias… todo formó parte de un plan que, por momentos, desordenó al gigante francés.  Y también a un ritual de las noches mágicas. El empate al descanso fue un pequeño triunfo táctico y emocional.

La segunda parte, sin embargo, recordó que en Europa los errores se pagan al contado. Plantin y Balaguer castigaron cada pérdida, y la diferencia se fue a cinco goles antes de que el reloj marcara el 43. Cualquier otro equipo habría bajado los brazos. El Bidasoa, no, nunca lo hace.

Maciel apareció como tantas veces; Esteban Salinas se dejó el alma en los seis metros y la primera línea juvenil volvió a empujar donde otros se habrían encogido. Cavero, con cuatro goles en el tramo final, encendió la última esperanza. El 33-34 hizo creer a Artaleku que aún quedaba una rendija.

Pero entonces apareció Porte, campeón olímpico y hombre de oficio, para cerrar la puerta con la frialdad de quien ha visto demasiados finales como para ponerse nervioso.

El 34-36 final no cambia nada esencial. El Bidasoa cierra una fase europea de doce partidos en la que mereció más de lo que obtuvo y en la que dejó claro que, incluso cuando la lógica dicta lo contrario, este club siempre encuentra la manera de competir. A veces basta con eso. A veces, no. Grande Bidasoa, y su afición no se quedó a la zaga, en una noche donde la  EHF habrá anotado que Irun tiene más que un club de balonmano.

HENRI ETCHEGARAY

 

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