EUSKAL JIRA 2026: LA CUERDA QUE NO SE ROMPE, A PESAR DE LOS OBSTÁCULOS

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EUSKAL JIRA 2026: LA CUERDA QUE NO SE ROMPE, A PESAR DE LOS OBSTÁCULOS

 

Hay celebraciones que no necesitan justificarse porque llevan más haciéndolo solas. La Euskal Jira es una de ellas. Surgió como surgen las cosas que merecen quedarse: sin estridencias, sin manifiestos, sin la obsesión de parecer importantes. Simplemente brotó de la tierra, como brotan las historias en una comarca que ya estaba habitada mucho antes de que los Romanos decidieran poner orden donde solo había vida, ferrones y caminos.

La tradición encontró en Irun un suelo fértil. Y cuando a finales de los setenta la fiesta parecía deshilacharse, fueron Martiarena, Iraundegui, Castellanos, Mendía, Ayerbe, Ribera, Amadoz y tantos otros quienes recogieron el hilo. Lo hicieron sin épica, sin discursos, sin pedir reconocimiento, y con algún temor, por aquello del viejo Régimen: sostuvieron lo que otros habían sostenido antes. Ese gesto —silencioso y eficaz— permitió que la Euskal Jira siguiera respirando cuando algunos ya la daban por perdida.

Porque hubo un tiempo, no tan lejano, en que ciertos iluminados miraban estas cosas con un desdén aprendido, llamando Irun rural a lo que no entendían. Como si lo “rural” fuese un defecto y no una raíz. Como si la memoria de los oficios, de las gurdias y de las piedras levantadas fuese una carga y no un patrimonio. Pero la ciudad, que es más inteligente que sus prejuicios, siguió reuniéndose cada agosto para recordar que la identidad no se discute: se vive. Entre Sardinas y Sidra en la Plaza de Urdanibia.

Y en esa cuerda de manos que sostienen lo que importa, no se puede olvidar a Urchegi, que entendió antes que nadie que la tradición no es un museo, sino un músculo. Que lo que no se mueve, muere. Que lo que no se celebra, desaparece.

Hoy, cuando nuevas fuerzas se agrupan en torno a la Euskal Jira, uno no puede evitar pensar en aquellos Romanos que llegaron creyendo que traían el mundo y descubrieron que el mundo ya estaba aquí. Que esta comarca tenía habitantes, costumbres y silencios mucho antes de que ellos levantaran sus campamentos. Así también ocurre ahora: quienes se acercan con voluntad de futuro encuentran que el futuro ya estaba sembrado por generaciones que trabajaron sin pedir aplausos.

La Euskal Jira no es solo un desfile ni una partitura de Azpiazu ni una tarde de herri kirolak. Es una cuerda larga, tejida por manos distintas, que atraviesa décadas, interrupciones y renacimientos. Una cuerda que no se rompe porque cada año alguien la vuelve a tensar: la Asociación, el Ayuntamiento, un grupo de vecinos, una familia que decide que no puede perderse lo que les sostiene.

Y así, como siempre, Irun volverá a reunirse en torno a su fiesta. No por nostalgia, sino por convicción. Porque aquí sabemos que las tradiciones no se conservan en vitrinas: se conservan andando detrás de una gurdia, levantando una piedra, con la exhibición de Pentatlón, o simplemente mirando cómo otros lo hacen.

La Euskal Jira sigue viva. Y mientras haya manos dispuestas a sostenerla —como las hubo en los setenta, como las hay ahora— seguirá siendo ese lugar donde Irun se reconoce sin necesidad de explicarse. Pero habrá que estar vigilantes, porque siempre habrá quien busque un perfil bajo.

"La identidad no se pierde, se abandona ".( Nicolás Aguirre )                       

 

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