ENRIQUE ALBIZU PERURENA, EL PINTOR QUE DIO ROSTRO AL ALMA DEL BIDASOA

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ENRIQUE ALBIZU PERURENA, EL PINTOR QUE DIO ROSTRO AL ALMA DEL BIDASOA

 

Nos llegan todavía,con la hondura de las mareas antiguas del Bidasoa, noticias de Enrique Albizu. No hacen ruido, no buscan protagonismo, pero traen consigo una sombra de pérdida que se reconoce al instante. Enrique Albizu Perurena, pintor bidasoarra y maestro del retrato, sigue formando parte íntima de la identidad de Hondarribia.

Albizu vivió hasta el último suspiro en su  casa‑estudio, ese lugar donde la luz entra con disciplina de taller antiguo, como si respetara el silencio del pintor.  Miembro de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, su obra viajó más que él: cuelga en el Centro Vasco de Caracas, en el Ateneo de Madrid, en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Hondarribia, en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Irun y también en la Diputación, donde se conservan dos retratos que hoy pueden considerarse entre los más altos de su producción: los de José Miguel de Barandiarán y  Manuel de Lekuona.

Ambos cuadros son, en realidad, pequeñas catedrales de silencio. Albizu no se limitó a representar a dos figuras mayores de nuestra cultura: los escuchó. En Barandiarán captó esa mezcla de sabiduría y humildad que solo se encuentra en quienes han dedicado la vida a comprender el mundo sin pretender dominarlo. En Lekuona, la serenidad del estudioso que sabe que la palabra es un territorio que se pisa con respeto. Son retratos que no solo miran: piensan. Y en esa hondura se reconoce la mano de Albizu, su manera de acercarse a los grandes sin estridencias, con la reverencia del artesano que sabe que el oficio también es una forma de gratitud.

En 2005 recibió la Insignia de Oro de la Ciudad, reconocimiento que hoy, visto desde 2026, adquiere un tono casi testamentario. Entonces el Ayuntamiento destacó que Albizu había “llevado el nombre de la ciudad a cuantos acontecimientos artísticos ha participado” y que era el creador de “la excepcional galería de personajes propios de este pueblo tanto de pescadores como de agricultores, además de haber sabido interpretar y plasmar la belleza serena de nuestro paisaje”. Esa belleza serena era, en realidad, su manera de estar en el mundo: sin prisa, sin artificio, con la paciencia del que sabe que el trazo solo llega cuando la verdad se deja ver.

Su historia comienza lejos de la bahía. Nació en Valencia, el 15 de julio de 1926, porque su padre —forjador ferroviario— trabajaba allí. Pasó la infancia en Madrid, hasta que la familia regresó a Irun tras la guerra de 1936‑1939. Allí, en la Academia de Dibujo de Irun, con el profesor Montes Iturrioz (1939‑1943), aprendió que dibujar no es solo reproducir, sino comprender: mirar con rigor, mirar con respeto.

Entre 1944 y 1949 estudió en la Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, y más tarde en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid (1947‑1949), donde obtuvo los premios Fundación Carmen del Río y Fundación Molina Higueras. Aquellos años fueron su primera escuela de exigencia: la convicción de que la obra solo existe cuando el artista está dispuesto a defenderla.

En 1951 la Diputación de Gipuzkoa le concedió una subvención para completar su formación en Roma, y en 1955 el Instituto Francés le otorgó una pensión para ampliar estudios en París. Dos ciudades que suelen convertir a los pintores en cosmopolitas, pero que en Albizu solo reforzaron su fidelidad al paisaje que lo había visto crecer.

El crítico José María Arenaza Urrutia escribió en Arte Vasco (1994) que Albizu, “de formación romana, descuella como retratista inteligente y hábil, más conocido fuera que dentro del País Vasco”. Y añadía, con una precisión que hoy suena a epitafio: “Solo expone aquella obra de la que está plenamente convencido. Puntillista, casi. Dibujante sin fallos”.

Quizá por eso su pintura permanece en 2026 con la misma fuerza que hace treinta años: porque nunca buscó agradar, sino comprender. Porque retrató a los suyos sin idealizarlos, con la serenidad de quien sabe que la verdad —la de un rostro, la de un oficio, la de un pueblo— no necesita adornos.

Hondarribia perdió  a un artista. El Bidasoa, a uno de sus testigos más fieles. Y nosotros, en este presente que avanza sin pausa, a un hombre que supo mirar con una honestidad que ya es, también, parte de nuestra memoria. Todavía recordamos su debate permanente con Edorta Kortadi. Y le preguntaríamos a Edorta, su  opinión hoy en día.

Foto de colección particular. Retrato a "tomás buruhaundii, personaje popular de Hondarribia.

 

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