ENEKO ARRASTUA, LA MONTAÑA COMO FORMA DE ESTAR EN EL MUNDO
Eneko Arrastua (Irun, 1976–Panticosa, 2025) no era un hombre de grandes discursos. Prefería los caminos. Los de casa, los del Bidasoa, los del Pirineo que tantas veces recorrió con la serenidad de quien entiende la montaña no como un desafío, sino como un lugar donde respirar mejor. Este lunes, un alud en el Pico Tablato se llevó su vida, dejando en Irun un silencio que pesa más que la nieve que lo sorprendió.
A sus 48 años, Eneko era uno de esos rostros familiares que no necesitan presentación. Quien frecuentara las carreras de montaña, los senderos del Aiako Harria o las pistas de esquí sabía de su presencia discreta, constante, siempre acompañada de una sonrisa breve, casi tímida, pero sincera. Formaba parte del grupo Kbrnzs, herederos de los Mugalaris, un colectivo que ha dado identidad a toda una generación de deportistas locales. Allí, Eneko era más que un compañero: era un ritmo, un ánimo, una forma de entender el esfuerzo sin estridencias.
Quienes lo conocieron hablan de él como de alguien que nunca buscó protagonismo. Le bastaba con estar. Con madrugar para subir al monte, con compartir una salida larga, con celebrar una cima sin necesidad de fotografiarla. Tenía esa manera de caminar que tienen los que saben escuchar el terreno. Y también esa forma de vivir que tienen los que no necesitan decir demasiado para que los demás entiendan lo esencial.
Su muerte ha golpeado a Irun con una mezcla de incredulidad y tristeza. No solo por la tragedia en sí, sino porque Eneko representaba algo muy propio de esta ciudad: la unión entre la vida cotidiana y la montaña cercana, la naturalidad con la que aquí se entiende el deporte, la humildad como forma de relacionarse con los demás.
Hoy, mientras sus compañeros de Kbrnzs intentan ordenar el dolor y la comunidad montañera del Bidasoa asimila la noticia, queda la certeza de que Eneko deja un vacío difícil de llenar. No por lo que hacía, sino por cómo lo hacía. Por esa manera suya de sumar sin ruido, de estar sin imponerse, de disfrutar sin necesidad de contarlo.
La montaña, que tantas veces le dio refugio, lo sorprendió esta vez sin margen. Pero quienes lo conocieron saben que Eneko no se habría reconocido en la épica. Él habría preferido que lo recordaran como era: un hombre sencillo, un deportista honesto, un irundarra que encontraba en los caminos una forma de estar en el mundo.
Y así será.





