EL GAFE QUE BAJA DE ARTALEKU, Y HUYE A TIEMPO

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EL GAFE QUE BAJA DE ARTALEKU, Y HUYE A TIEMPO

En Irun hay días en los que el balonmano se juega en la pista… y otros en los que se juega en el Bar Manolo. El sábado tocó lo segundo. Y tocó fuerte.

Bajaba yo de Artaleku, con Jurdan Arretxe —este sí brillante periodista de Noticias de Gipuzkoa—, todavía con el eco del partido en la cabeza, cuando decidí asomarme al Bar Manolo para ver los últimos minutos del Ademar–Logroño. Un gesto inocente, casi rutinario. Un “entro un momento y sigo”. Error de principiante.

Ganaba Ademar 29–27. Cómodo. Sereno. Con esa ventaja que invita a pedir otra ronda. Pero crucé la puerta y el marcador se torció como si alguien hubiese soplado desde Zugarramendi. En menos que canta un gallo, Logroño se puso por delante. Tres goles seguidos. Tres. El bar enmudeció. Y no por el balonmano: por mí.

Las miradas fueron educadas, sí, pero el mensaje era claro. En Irun no hace falta hablar para decir las cosas. Y lo que decían era sencillo: “Eres el gafe.” No me lo tomé a mal. Hay que saber leer el ambiente. Así que me levanté, había pagado Haimar Marcos  con dignidad y me fui al Paseo de Colón, a caminar como quien expía un pecado menor. Paso firme, respiración profunda, y esa sensación de “igual ahora se arregla”. Y se arregló.

Magia, bruja o no, Ademar empató justo cuando yo ya estaba lejos, mirando escaparates cerrados y árboles que no opinan de balonmano. El Manolo respiró. Irun respiró. Y yo confirmé lo que ya sospechaba: hay días en los que lo mejor que puede hacer uno por el equipo es desaparecer. Recibí una llamada, y espeté que  era el gafe. Y es verdad que Álex Mozas había reclamado el punto.

El empate, más que un punto, fue un pequeño milagro doméstico. De esos que no salen en los resúmenes pero que cambian la semana. Porque con ese marcador, con ese favor involuntario del destino —o de mi ausencia—, el Bidasoa ve el horizonte más despejado. Un horizonte que empieza en Cangas, donde cada punto pesa como un adoquín de la calle Mayor.

La historia, al final, es sencilla: A veces el balonmano lo deciden los extremos. A veces los porteros. Y a veces, muy de vez en cuando, lo decide un tipo que entra en el Manolo en el minuto equivocado.

No es épico. No es heroico. Pero es muy de aquí. Y la história del partido la contó Jurdan Arretxe , en Noticias de Gipuzkoa.

Foto: Haimar Marcos

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