EL BIDASOA Y EL AÑO EN QUE LA VERDAD VUELVE A MANDAR

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EL BIDASOA Y EL AÑO EN  QUE LA VERDAD VUELVE A MANDAR

 

Hay temporadas que se presentan con fanfarria, presupuestos exuberantes y fichajes que parecen diseñados para llenar titulares. Este año del Bidasoa no es uno de esos. Y, precisamente por eso, tiene algo que los iruneses reconocemos de inmediato: autenticidad. El club inicia un nuevo ciclo sin estridencias, sin artificios y sin promesas vacías. Lo hace desde un lugar que en esta ciudad conocemos bien: la austeridad como punto de partida, la juventud como motor y la identidad como brújula.

Europa vuelve, sí. Pero vuelve como vuelven los amigos de toda la vida: sin exigir nada, sin reclamar protagonismo, simplemente recordándonos quiénes somos y por qué este club nunca ha necesitado disfrazarse para competir con dignidad.

 

La austeridad sin renuncias como tradición irunesa

En Irun nunca hemos tenido miedo a los presupuestos modestos.  Es más modesto por la inversión en la cancha pero aquí no hay miedo. Lo aprendimos en el bar de Morondo, donde se discutía de balonmano con la misma seriedad con la que otros hablan de política internacional. Allí se entendió que el dinero ayuda, pero no define. Que un club puede ser grande sin ser rico. Y que la dignidad deportiva no se compra: se trabaja.

Mientras otros clubes enseñan músculo financiero, el Bidasoa ha optado por algo más difícil y más honesto: crecer desde dentro, rejuvenecer sin perder la raíz y competir sin pretender ser lo que no es. Esa decisión, que en otros lugares se interpretaría como debilidad, aquí se lee como carácter.

 

La juventud como apuesta firme

La plantilla baja la media de edad, pero sube la media de hambre. Y eso, en esta ciudad, siempre ha sido una buena noticia. Los jóvenes que llegan quizá no sepan quién fue Beñardo, pero pronto entenderán por qué su nombre sigue pronunciándose con respeto. Quizá no hayan visto a Errazkin en una reunión de directiva, pero aprenderán que su manera de entender el club —seria, firme, sin estridencias— es la que ha sostenido al Bidasoa durante décadas.

Y aunque no vivieron el Uranzu de los setenta, ese templo donde los pantalones de campana convivían con defensas que parecían actos de fe, pronto descubrirán que aquí se empieza por atrás. Que defender no es una obligación táctica: es una forma de estar en el mundo.

 

Mozas, un entrenador ya irunés

Hay entrenadores que tardan años en comprender dónde han caído. Álex Mozas no es uno de ellos. Ha entendido que este club no se sostiene en fichajes, sino en convicciones. Que aquí no se promete ganar, sino trabajar. Y que la afición, exigente y entendida, solo pide una cosa: reconocerse en el equipo. Afición que también reinicia un camino nuevo, lleno de ilusión con una Peña más ilusionada y firme que nunca.

Mozas ya lo ha conseguido. La grada está con él. El vestuario también. Y la ciudad, que a veces tarda en abrir la puerta, ya le ha dejado entrar sin reservas. Su discurso, sobrio y directo, encaja con la manera irunesa de mirar el deporte: sin adornos, sin excusas y sin miedo a la verdad.

foto: Frontón Uranzu. F.Morondo.

 

Europa vuelve, y con ella la responsabilidad

Regresar a Europa no es un premio. Es una responsabilidad histórica. Europa obliga a recordar quiénes somos, cómo competimos y por qué este club, incluso con presupuestos modestos, siempre ha sido respetado. Este año, sin la angustia del curso pasado, el Bidasoa puede construir con calma. Puede ajustar, puede enseñar, puede crecer. Puede volver a ser ese equipo que defendía como si cada balón fuera una cuestión moral.

La experiencia que equilibra la ecuación: Mindegia

En medio de tanta juventud, la llegada de Niko Mindegia- de Doneztebe - aporta algo que no se compra ni se improvisa: experiencia. Mindegia es ese tipo de jugador que ha visto suficientes partidos importantes como para saber cuándo acelerar, cuándo frenar y cuándo mirar a los ojos a un compañero para recordarle que el partido no se ha ido. Su presencia no es solo técnica; es emocional. En un vestuario que rejuvenece, él representa la serenidad del que ya ha vivido casi todo y aún quiere vivir más.

Mindegia es, en cierto modo, el puente entre lo que el Bidasoa fue y lo que quiere ser. Su llegada no rompe la línea del proyecto; la refuerza. Y en un año donde la madurez será tan necesaria como la energía, su figura puede convertirse en uno de los pilares silenciosos del equipo.

 

Un ciclo nuevo, una ambición intacta

El Bidasoa inicia otro ciclo, sí. Pero la ambición es la misma de siempre: competir arriba, sin ruido, sin estridencias y sin perder la esencia. Este año no se trata de reconstruir desde cero. Se trata de reafirmar una identidad que nunca se ha negociado. La humildad, la defensa, la unión, la memoria.

El espíritu del Uranzu sigue ahí. Y mientras siga ahí, este club nunca estará lejos de lo que quiere ser. 

 

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