CARTA ABIERTA A ÁLEX MOZAS DESPUÉS DEL 33-31 EN BARCELONA

No sé si esta carta llega en el momento justo o en el peor de todos. A veces, cuando uno está enrabietado, lo último que necesita es que le hablen. Pero también sé que hay derrotas que no se curan con silencio, sino con palabras que arden.
Perder por dos goles ante el que quizás sea el mejor equipo del planeta no es una tragedia. Pero tampoco es consuelo. Porque lo que duele no es el marcador, sino esa sensación de estar siempre ahí, rozando la gloria con los dedos, y ahogándonos en la orilla cuando ya veíamos la arena.
El Bidasoa no es un equipo. Es una forma de estar en el mundo. Es esa grada que ruge incluso cuando el viento sopla en contra. Es ese jugador que se levanta después de cada golpe, no porque no duela, sino porque sabe que hay gente que lo espera de pie. Es esa ciudad que no presume, pero que exige. Que no grita, pero que empuja.
Y tú, Álex, eres parte de esa identidad. No como entrenador, sino como testigo. Como alguien que ha entendido que aquí no se juega solo con táctica, sino con memoria. Con la memoria de los que estuvieron antes, de los que soñaron con pabellones llenos y partidos imposibles. Con la memoria de los que siguen creyendo que el Bidasoa no compite: resiste.
Sé que estás enfadado. Que te duele. Que sientes que otra vez se escapó. Pero también sé que este equipo, el tuyo, el nuestro, ha demostrado en Barcelona que no se rinde. Que puede mirar a los ojos al gigante y decirle: “Aquí estamos. Y volveremos”.
Porque esta es la realidad, Álex. La de un equipo que no tiene millones, pero sí corazón e identidad.. La de una grada que no tiene butacas doradas, pero sí gargantas que no se apagan. La de un club que no siempre gana, pero que nunca se va.
Y eso, aunque no se escriba en las crónicas, aunque no se cuente en los titulares, es lo que hace grande al Bidasoa.
Con respeto, con rabia, con esperanza.





