BIDASOTARRAK CELEBRA SU NOCHE MÁS ÍNTIMA Y REAFIRMA EL ALMA DEL BIDASOA

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BIDASOTARRAK CELEBRA SU NOCHE MÁS ÍNTIMA Y REAFIRMA EL ALMA DEL BIDASOA

La peña reunió en Jostallu a jugadores, técnicos, directiva y aficionados en una velada cargada de emoción, memoria, donde se entregaron los premios anuales y se renovó el vínculo más profundo entre el club y su gente.

La sociedad Jostallu se convirtió anoche en un refugio cálido, casi familiar, donde la peña Bidasotarrak celebró su tradicional entrega de premios. Fue una de esas noches que no necesitan grandes discursos para dejar huella: bastó la cercanía, los gestos, las miradas que se cruzan entre quienes comparten una misma pasión desde hace décadas.

Un club que entra como quien vuelve a casa

La plantilla del Bidasoa Irun llegó acompañada del cuerpo técnico y de representantes de la junta directiva, con Gurutz Aginagalde al frente. No hubo formalidades: los jugadores se mezclaron con los socios entre saludos que parecían abrazos, entre bromas que nacen de la confianza. Era evidente que allí no se celebraba solo una temporada, sino una forma de estar juntos.

Los premiados: nombres que ya forman parte de la memoria colectiva

La peña entregó sus obsequios a Nacho Valles, Rodrigo Salinas, Ricardo Jiménez, Dariel García, Jorge Martínez y Piotr Mielczarski, cuyos nombres fueron recibidos con aplausos que traían consigo recuerdos de goles decisivos, paradas imposibles y gestos de entrega que la grada no olvida.

El reconocimiento más emotivo llegó con los homenajes a Belén Sarasola y Javier García Quiñones, cocineros y colaboradores. Su ovación fue larga, cálida, agradecida: un recordatorio de que el club también se sostiene en quienes trabajan en silencio, en quienes cuidan, alimentan y acompañan. La sopa de Pescado y el redondo en salsa tuvieron mucho que ver.

La ciudad, presente y cercana

La representación municipal, encabezada por el concejal de Deportes Borja Olazabal, añadió un matiz institucional que no rompió la atmósfera, sino que la completó. En Irun, el balonmano es un idioma común, y anoche se habló con fluidez, con orgullo, con esa mezcla de nostalgia y esperanza que solo aparece cuando el Bidasoa se mira a sí mismo

Una noche que se queda en el aire

El ambiente fue magnífico, pero sería injusto reducirlo a una palabra. Fue una noche de complicidades, de risas que se escapaban entre plato y plato, de conversaciones que empezaban hablando de balonmano y terminaban hablando de la vida. Hubo quien recordó viajes en autobús, quien evocó partidos de hace décadas, quien mencionó a jugadores que ya no están pero siguen presentes en cada anécdota.

Más que una cena: un latido compartido

Cuando las mesas empezaron a vaciarse, quedó flotando en el aire esa sensación que solo dejan los encuentros auténticos: la de haber vivido algo irrepetible, aunque vuelva a celebrarse cada año. Porque lo que ocurrió en Jostallu no fue solo una entrega de premios. Fue un recordatorio de que el Bidasoa no se sostiene solo en los goles ni en las clasificaciones. Se sostiene en su gente. En la peña que nunca falla. En los jugadores que se dejan la piel. En los trabajadores que cuidan cada detalle. En la ciudad que acompaña.

Bidasotarrak volvió a latir. Y cuando Bidasotarrak late, late también Irun.

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