
La victoria del Irudek Bidasoa Irun por 37-27 ante Amenabar Zarautz en la Euskal Kopa no es solo una cifra más en el palmarés de un equipo dominante. Es, en esencia, una postal de lo que significa construir continuidad en un deporte que, en Euskadi, ha aprendido a convivir con la memoria y la renovación.
Diez títulos consecutivos - tiene catorce en total- no se explican únicamente desde la superioridad técnica o táctica. Se explican desde una cultura de club que ha sabido sostenerse en el tiempo, incluso cuando las circunstancias —como la ausencia de sus internacionales— podrían haber justificado una merma competitiva. Pero Bidasoa no compite por justificar, compite por reafirmar.
El marcador abultado no debe eclipsar el valor del rival. Zarautz, dos categorías por debajo, ofreció resistencia y dignidad. Su presencia en la final habla de un balonmano vasco que, aunque desigual en recursos, sigue latiendo con fuerza en sus núcleos locales. Hernani, con sus gradas llenas, fue testigo de ese latido. No fue solo un partido: fue una celebración del deporte como tejido social. Por cierto con la presencia de Erik Balenciaga, jugador del Melsungen, en las gradas.
En este contexto, la figura del espectador —ese que acude por pasión, por memoria o por curiosidad— se vuelve protagonista silencioso. Porque cada título del Bidasoa es también una invitación a mirar más allá del resultado: a preguntarse cómo se construye la excelencia sin perder el arraigo, cómo se gana sin dejar de formar. Ahí queda el ejemplo de los cuarenta irundarras que acudieron a Hernani para estar con los suyos, incluida una Peña Bidasotarrak que llenó un autobús. Que se dice pronto.
Y así, mientras el eco de los goles se disipa en el polideportivo hernaniarra, queda la certeza de que el balonmano vasco sigue escribiendo su historia. No desde la épica, sino desde la constancia.





