ÁLVARO ODRIOZOLA, DESPUÉS DE BARCELONA

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ÁLVARO ODRIOZOLA, DESPUÉS DE BARCELONA
 

 

Hay hombres que corren por la banda como si escaparan de sus propios fantasmas. Álvaro Odriozola no corre: huye, se desgarra, se busca. Lo que ocurrió en Barcelona no fue solo fútbol. Fue un derrumbe íntimo, una grieta que se abrió en el pecho y dejó salir todo lo que llevaba guardado: la ansiedad, los nervios, la emoción contenida como un grito que nunca se atrevió a romper el silencio.

Durante días, su mirada se perdió en los pasillos del vestuario, en los espejos que no devolvían respuestas. El cuerpo entrenaba, sí, pero el alma estaba en otra parte. En cada pase fallido, en cada crónica que lo señalaba, en cada noche sin sueño donde el corazón latía como si quisiera salirse del pecho.

Pero hay algo en él que no se rinde. Un temblor que se convierte en impulso. Una lágrima que se transforma en rabia. Porque Odriozola no es solo el lateral que sube y baja. Es el niño que soñaba con jugar en Anoeta, el joven que aprendió que el fútbol también duele, y el hombre que, después de Barcelona, decidió no esconderse más.

Hoy, cuando pisa el césped, no lo hace para demostrar nada. Lo hace para reconciliarse consigo mismo. Para decirle al mundo —y sobre todo a él— que sigue aquí. Que el miedo no lo define. Que la emoción, aunque lo quiebre, también lo construye.

Y en ese gesto de volver a creer, hay algo profundamente humano. Algo que se entiende  bien: la belleza de quien se levanta, aun cuando todo parece perdido.

Foto: Álvaro Odriozola. X

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