ALFRED GISLASON, EL VIKINGO QUE ENCONTRÓ UNA SEGUNDA PATRIA A ORILLAS DEL BIDASOA

La llegada del islandés a Artaleku simbolizó el salto definitivo de un Bidasoa que había aprendido a desafiar su destino. Bajo la dirección de Juantxo Villarreal, el impulso de Beñardo García y la habilidad de José Antonio Errazkin en los despachos, aquel club nacido a orillas del Bidasoa dejó de ser una revelación para convertirse en una potencia del balonmano europeo.
Hay historias que pertenecen a los libros de resultados y otras que acaban formando parte de la memoria de una ciudad. La de Alfred Gíslason en el Bidasoa ocupa un lugar privilegiado entre estas últimas. Porque su paso por Irun no puede explicarse únicamente a través de los títulos o de los partidos disputados. Su figura quedó ligada a una época irrepetible, a los años en los que Artaleku dejó de ser un pabellón de provincia para convertirse en una referencia del balonmano continental. Décadas después, convertido en una leyenda de los banquillos y en seleccionador de Alemania, Gíslason sigue recordando aquella etapa con una frase sencilla pero cargada de significado. “Tengo gran simpatía por los vascos", explicó en Noticias de Gipuzkoa.
No es una declaración menor. Procede de alguien que llegó desde Akureyri, en el norte de Islandia, para encontrarse con un club y una ciudad que atravesaban una transformación histórica. Para entender la importancia de aquel fichaje hay que regresar a los años en los que el Bidasoa todavía estaba construyendo su identidad ganadora. Antes de las grandes noches europeas, antes de los títulos continentales y antes de que los mejores jugadores del mundo consideraran Artaleku una plaza de prestigio, existió un equipo levantado desde la comarca, con paciencia y una profunda convicción en el trabajo bien hecho. Aquella filosofía encontró su máxima expresión en la Liga conquistada en la temporada 1986-87.
"Nosotros no habíamos nacido para ser campeones; pero lo fuimos", explicó Juantxo Villarreal, arquitecto de aquella obra. La frase resume una de las mayores gestas de la historia del deporte guipuzcoano. Aquella plantilla estaba formada en gran medida por jugadores de casa. Zúñiga, Lucas, Pedro Salcedo, Beldarrain, Susperregi, Burguete, Salva Pombar, Javier Mendibil, Luis Pablo, Txuma o Munduate componían la columna vertebral de un equipo que llevaba el ADN de la comarca en cada ataque y en cada defensa. Junto a ellos aparecían Juanín Agirregomezkorta (Pasai Donibane) y los entonces yugoslavos Caslav Grubic y Mladen Lakovic para completar un grupo que desafiaba todos los pronósticos.
Irun se reconocía en aquellos jugadores.
No eran estrellas lejanas. Eran vecinos, amigos y compañeros de generación. Por eso la conquista del campeonato fue vivida como una celebración colectiva que desbordó las calles de la ciudad. El Bidasoa había demostrado que también desde una esquina del mapa era posible competir con los grandes.
Aquella Liga cambió para siempre la dimensión del club.
Los éxitos trajeron ambición y la ambición abrió las puertas a nuevos horizontes. Villarreal comenzó a mirar más allá del balonmano español en busca de jugadores capaces de elevar el nivel competitivo de una estructura que crecía a gran velocidad.
Fue entonces cuando apareció Alfred Gíslason.
El técnico irundarra quedó impresionado por el potencial del islandés durante una eliminatoria europea frente al Tusem Essen. Los alemanes exhibieron una superioridad abrumadora. Iñaki de Mujika describió aquella actuación con una de esas imágenes periodísticas que sobreviven al tiempo: avanzaron sobre el Bidasoa "como el caballo de Atila". Sin embargo, en medio de aquella exhibición surgió una figura imposible de ignorar. Alfred. Villarreal detectó inmediatamente que aquel lateral poseía algo especial. La respuesta de Beñardo García fue tan rápida como contundente.
La anécdota se ha convertido con los años en una de las más repetidas del imaginario bidasotarra. El histórico presidente telefoneó a José Antonio Errazquin, que se encontraba de vacaciones en Benidorm, y le trasladó una orden tan simple como decisiva: "Vete a Islandia y ficha a Gíslason". Aquella decisión reflejaba perfectamente la personalidad de quienes dirigían el club. Había intuición, había conocimiento y había una valentía poco habitual para una entidad de recursos limitados. El trabajo de despachos lo tuvo que realizar “Morti”, Errazkin.
El viaje terminó llevando a Irun a uno de los jugadores más influyentes del balonmano nórdico.
La historia reservaba además una curiosidad cargada de simbolismo. Cuando Gíslason aterrizó en Gipuzkoa en 1989, Islandia mantenía todavía vigente una antigua disposición legal nacida tras los episodios de persecución sufridos por marineros vascos en aquel país en 1615. Cuatro siglos después de aquellos acontecimientos, un islandés llegaba precisamente a Euskadi para convertirse en una de las referencias de un club llamado a hacer historia.
Su adaptación fue inmediata.
Poseía la dureza característica de los jugadores del norte, pero también una inteligencia táctica extraordinaria y una competitividad que encajó a la perfección en el ecosistema creado por Villarreal. Durante dos temporadas ayudó a consolidar el crecimiento de un equipo que ya no se conformaba con sorprender.
La primera Copa del Rey conquistada por el Bidasoa- en Alzira derrotó al Atlético de Madrid 21-18- llegó con Gíslason defendiendo la camiseta amarilla. Era un paso más dentro de una evolución que parecía no tener techo. Después llegarían otros nombres legendarios, nuevos títulos y una progresiva consolidación entre la élite europea.
La culminación de aquella trayectoria se produjo en 1995 con la conquista de la Copa de Europa, el mayor logro de la historia del deporte irundarra y vasco. El club que apenas unos años antes celebraba una Liga casi milagrosa terminaba proclamándose campeón del viejo continente.
Sin embargo, los títulos explican solo una parte de aquella historia. Lo verdaderamente trascendente fue la cultura deportiva que se construyó en torno al club. Una forma de entender el balonmano basada en la pertenencia, la cercanía y el esfuerzo colectivo. El legado de hombres como Juantxo Villarreal, Beñardo García y José Antonio Errazquin, y tantos otros, no se mide únicamente en trofeos. Se mide en la huella que dejaron en varias generaciones de irundarras.
Por eso el recuerdo de Alfred Gíslason sigue ocupando un lugar especial en la memoria de Artaleku. Porque su nombre remite a una época en la que Irun descubrió que los sueños más ambiciosos podían hacerse realidad. Una época en la que un grupo de jugadores y dirigentes desafió toda lógica para situar a una pequeña ciudad en el mapa del balonmano mundial.
Y en aquel viaje desde la modestia hasta la gloria, pocos simbolizan mejor el espíritu de aquellos años que aquel islandés llegado desde Akureyri que, sin saberlo, terminó encontrando una segunda patria junto al Bidasoa. No fue el último islandés del Bidasoa. Patrekur Johannesson y Felixsson también jugar en el CD Bidasoa.
Fuentes: CDBIDASOA, JOSÉ ANTONIO ERRAZKIN, NOTICIAS DE GIPUZKOA, JURDAN ARRETXE, JUAN PEDRO HAROCARENE
Alfred volvió a Irun en más de una ocasión, para compartir mesa y mantel con los amigos. Foto José Antonio Errazkin.





