ADRIÁN SANTA CRUZ, EL HOMBRE QUE REMÓ CONTRA EL TIEMPO

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ADRIÁN SANTA CRUZ, EL HOMBRE QUE REMÓ CONTRA EL TIEMPO

 

 En el verano de 1987, cuando el mundo aún se escribía en papel y los sueños se lanzaban al agua sin GPS, Adrián Santa Cruz se enfrentó a los rápidos de Bourg Saint Maurice como quien se mide con los dioses del río. Allí, en el Mundial de Aguas Bravas, no solo representó a Santiagotarrak, sino a todo un pueblo que aprendió a mirar el Bidasoa como espejo de su carácter: firme, profundo, indomable.

No ganó medallas, pero ganó respeto. El tipo de respeto que no se cuelga del cuello, sino que se valora en los pasillos del club, entre chavales que aún no saben que están aprendiendo de un maestro. Porque Adrián, además de palista, fue el artesano del mantenimiento, el que conocía cada tornillo del embarcadero, cada grieta del hangar, cada sombra que se posa sobre el agua al caer la tarde. Su trabajo no tenía horario, pero sí propósito: que todo funcionara para que otros pudieran soñar.

Como me decía  un viejo amigo de las piraguas: “hay hombres que no hacen ruido, pero que cuando se van, el silencio se vuelve más hondo”. Entre kupelas y abrazos, se despide un hombre que no solo remó en el Bidasoa, sino que lo entendió. Que lo cuidó. Que lo hizo suyo.

Adrián no se jubila. Solo cambia de orilla.

La sidrería OLA, ese templo de encuentros y memorias, acoge su despedida como merece: con emoción, gratitud y alegría. Porque si algo ha enseñado Adrián, es que el deporte une, transforma y deja huella.

Eskerrik asko, Adrián. Zure bidea gure bidea da.

 

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