14 DE JULIO DE 1970, MUERE LUIS MARIANO EN PARÍS

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14 DE JULIO DE 1970, MUERE LUIS MARIANO EN PARÍS

Mariano, el Irunés

 

Dicen que cuando nace un artista, el aire en torno a él se vuelve distinto. Más luminoso, más intenso. Y así fue aquel día en Irun, cuando la madre de Mariano, cruzando los suspiros de Burdeos, vino expresamente a parir en tierra vasca. No por azar, no por rutina, sino por un acto deliberado de amor profundo. Ese gesto materno fue ya el primer canto que anunciaría una vida consagrada al arte y al alma de un pueblo.

“Vosotros sois iruneses por accidente", decía Mariano, con esa chispa juguetona en la mirada. "Yo lo soy por deseo ardiente", añadía en un viejo bistrot de la calle Sainte-Croix de la Bretonnerie, en el cuarto distrito, o en el LAPIN, un vestusto café-cabaret donde Federico Santalla imponía su arte,  con la emoción resguardada en el pecho como piedra preciosa.

Afuera, la guerra hacía crujir fronteras. Adentro, en los patios de escuela, él compartía su merienda con cuatro o cinco compañeros, como quien reparte sol en la neblina. Su amigo de toda la vida, el noble Shalvador Alberdi, lo recordaría años más tarde no por sus aplausos en escenarios lejanos, sino por aquel corazón generoso que nunca dejó de latir por los demás.

Nos decía Nicolás Aguirre, un marianista de los de verdad,  que Mariano no era solo voz: era gesto, juego, y travesura. Deslizándose con Alberdi por las laderas nevadas de las Peña de Aya, armaban un artilugio de madera y hojalata que simulaba una nave fantástica. Una fotografía, marcada por el paso del tiempo, los muestra descendiendo como cometas por las praderas heladas, inventando velocidad y libertad.

Y luego, sobre el escenario del salón de Los Buenos Amigos, encarnaron con apenas quince años una parodia de colegiales desquiciados: gorros de marinero, blusas de cuello almidonado, y esa chispa de talento que haría que Paris Match evocara —mucho después— los albores de una genialidad precoz.

El Irun de Mariano nunca le fue sombra. Ni siquiera cuando una horda vil, guiada por un pelafustán sin rostro ni alma, intentó mancillar lo que nunca comprenderían: la grandeza serena del artista que caminaba entre nosotros.

Porque Mariano era más que un irunés. Era el eco de nuestras montañas, el temblor de nuestras canciones, la ternura rebelde de un pueblo que respira a través de sus hijos. Y nosotros, los que seguimos aquí, sabemos bien que contar con él —aunque ya convertido en memoria— es un honor que no admite petulancia. Sólo gratitud.

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