
Raku Echegaray se había marchado ya del Real Unión. Vallejo era ya historia e Illunbe, después de una brillante trayectoria, decidió dejar la práctica activa del fútbol. Y llegó de Ipurua un hombre sin fisuras, porque hay porteros que despejan balones y porteros que resguardan historias. Josean Lasa de la Iglesia pertenecía a estos últimos: al gremio de los guardametas de sobriedad impecable, de los que preferían la colocación al aspaviento y el blocaje firme a la fotogénica estirada para el periódico del lunes.
Un portero de los que siempre han gustado a orillas del Bidasoa, donde el fútbol no se mide por la pirotecnia donostiarra, sino por la nobleza y la palabra dada. Lasa ha fallecido en San Sebastián a los 78 años, dejándonos el eco de una época en la que bajo el marco no se buscaban florituras, sino certezas. Fueron los años setenta, tejiendo la red de su carrera entre el barro curtido de Ipurua —donde defendió los colores de la SD Eibar entre 1972 y 1975— y el verde sagrado del Stadium Gal, vistiendo la camiseta del Real Unión durante tres temporadas memorables a partir de aquel verano del 75.
Eran tiempos de un fútbol sin margen para el despiste. Una mala racha, un resbalón inoportuno y el abismo de la Primera Regional amenazaba con devorarlo todo. Pero en aquel Real Unión de hierro, Lasa guardaba las espaldas de un grupo que hoy se recita de memoria, con el poso y el respeto que imponen los grandes nombres de nuestro fútbol: Santamaría, Taberna, Echave, Berriozabal, Garmendia, Lustres, Almandoz, Chinchurreta, Amiano, Sorondo, Gallastegi, el añorado Mintxo Balbás o aquel genial e irreverente Roberto López Ufarte, que ya deslumbraba antes de emprender su vuelo hacia la leyenda.
Apagados los focos del estadio, Josean no cambió de carácter. Mantuvo la misma disciplina del portero sobrio en su vida cotidiana: madrugones de plomo en la Autoridad Portuaria y, más tarde, el paño verde y las luces del Casino Donostiarra. Allí, en las tardes y noches de la capital, compartió mostrador y recuerdos de vestuario con otros ilustres del balón guipuzcoano, como Barral —aquel ex del Sanse y el Pontevedra— o Sagasta, figura de la Real Sociedad. Los tres le acompañaron en la aventura del Stadium, con la dirección de Dorronsoro y Sorzabal. Se nos va un hombre de ley, un guardameta de guantes sobrios y mirada limpia. De los que hacían parecer fácil lo difícil y de los que dejaron una huella imborrable en el fútbol de nuestra tierra. Descanse en paz.
FOTO GUILLÓ. PARTIDO DEL CINCUENTENARIO DE LA INAUGURACIÓN DEL STADIUM GAL.
De pie: Gorriti, Echave, Santamaría, Lasa, Almandoz, Erausquin. Agachados: Ortego, Gallastegi, Chinchurreta, López Ufarte, Balbás.
