HAIMAR ETXEBERRIA, EL CICLISTA QUE SOÑÓ CON CASTILLOS

Y no con castillos de naípes, sino con estructuras sólidas como Lastaola.Hay victorias que se celebran. Y hay otras que se recuerdan, que no se olvidan nunca. La de Haimar Etxeberria en el Castillo de Peñafiel pertenece a la segunda categoría. No por el lugar —aunque el castillo impone— ni por el tiempo —aunque 4h36’52” no se regalan—, sino por lo que representa.
Haimar no llegó al ciclismo por azar. Nació en el País del Bidasoa, nuestra tierra de cuestas y silencios, donde las carreteras enseñan a sufrir antes que a brillar. Esas carreteras por las que Baroja, si, don Pío, el mismo de Itzea, agudizaba el ingenio literario. Haimar aprendió que pedalear no es sólo avanzar: es resistir. Y aquí, su familia, forjada en el esfuerzo , tuvo mucho que ver. Su aita, Javi, quien siempre fue hombre de motor y corazón grande, vio enseguida que Haimar tenía motor de ciclista, y que había que pulirlo. La amona, Carmen Lecuona, siempre vigiló que todo evolucionase con orden- y no solo por el desayuno- sino porque sabe que su carrera no ha sido un camino de rosas. Ha tenido muchas espinas. En el filial Finisher, del Equipo Kern Pharma, se formó como quien cultiva una vocación: con paciencia, con humildad, con hambre.
No es el más mediático. No es el más ruidoso. Pero tiene algo que no se entrena: instinto. Ese sexto sentido que le hizo atacar en el momento justo, cuando el pelotón se deshacía en la subida final y el castillo de Peñafiel se alzaba como una prueba de fuego.
Jesús Herrada, veterano y astuto, intentó seguirle. Pero Haimar ya estaba en otra dimensión. Su pedaleo era firme, casi silencioso, como si hablara con la piedra, como si el castillo le reconociera. Como le reconoce Lastaola. Y lo hizo. Le abrió las puertas de la victoria.¡Ay ama! pentsatu zuen Haimarrek une horretan. Arantxa bere Ama.
La meta no fue sólo una línea pintada en el suelo. Fue un umbral. Al cruzarla, Haimar dejó de ser una promesa. Se convirtió en ciclista. En profesional. En protagonista.
“Es un sueño”, declaró después, con los ojos aún brillando. Pero no era sólo suyo. Era también el sueño de todos los que creen en el trabajo invisible, en los días sin gloria, en los entrenamientos bajo la lluvia. Era el sueño de un equipo que apuesta por el desarrollo, por el talento local, por el ciclismo como escuela de vida.
Haimar Etxeberria no conquistó Peñafiel. Se ganó su respeto. Y eso, en este deporte, vale más que cualquier trofeo. Y Haimar lo celebró sin estridencias, sin alharacas. Volvió al País del Bidasoa, a Irun, a Lastaola, con el trabajo bien hecho, donde el aita, la amona, y los suyos, le marcan un horizonte próspero. Y hoy, otra vez al trabajo.
