
Hay futbolistas cuyo valor no se mide únicamente en el frío metal de los trofeos ni en la estadística aséptica del acta arbitral, sino en el poso indeleble de hidalguía que dejan en el césped y en el corazón de quienes tuvieron la fortuna de verlos sudar la camiseta. Con el silbato final que ha marcado el traspaso de Julio Beldarrain Merino a los 82 años de edad, el fútbol guipuzcoano pierde a uno de esos arietes de cepa, de los que concebían el juego como un tributo al esfuerzo y al honor de este país.
Desde los dos lados del marco comarcal —con la mirada entristecida del CD Touring de Errenteria y el profundo pesar del Real Unión Club en el Stadium Gal— despedimos hoy a un hombre que fue puente, referente y orgullo para Errenteria e Irun por igual.
«Julito» fue, en sus orígenes y por vocación vital, la encarnación del pundonor en la elástica rojilla del Touring. Delantero de noble entramado, de los que no rehuían el choque ni escatimaban una carrera, hizo del viejo campo un feudo donde la entrega no se negociaba. Su garra y su fina lectura del área llamaron pronto a las puertas de la centenaria entidad unionista, que encontró en él al atacante ideal para sostener la bandera de Gal. En la temporada 1970-71, Julio Beldarrain —Julio en Irun— se consolidó como un fijo indiscutible en las alineaciones del Real Unión. En aquel vestuario con solera del Stadium Gal, impregnado del aroma a barro, linimento y gloria antigua, compartió galones, batallas y confidencias con figuras colosales de nuestro fútbol como Chapela, Vallejo, Zugarramurdi, Taberna, Frutos, Erauskin, Almandoz, Pagola, Beracoechea, Solanas, Zabaleta, Barbarín y tantos otros bravos que honraron la tradición irundarra. Julio no solo cumplió con el gol y con la exigencia de la vieja tribuna del Stadium, sino que se ganó el respeto reverencial de compañeros y rivales por su intachable conducta deportiva.
Hoy, cuando el balón se detiene y la memoria rescata aquellos domingos de blanco y negro, la familia del Real Unión y la parroquia del Touring se funden en un solo abrazo para despedir al compañero, al ariete de raza, al amigo leal que nunca dejó de querer este juego. A su esposa Maite, a sus hijos Julen y Ainara, a sus nietos y a todos sus allegados, nuestro más hondo y sentido pésame en nombre de los dos clubes que siempre serán su casa. Goian bego, «Julito». Honor y recuerdo eterno al viejo atacante de Gal y Larzabal
MIRAMAR
