
Hay hombres a los que el destino no regala un solo metro sin antes pedirles el peaje exacto de la compostura. De esa pasta humilde y firme está hecho Haimar Etxeberria, ciclista de Irun-Bera, Bera-Irun, que conoce de memoria la contabilidad exacta de la grasa, el esfuerzo y las cicatrices. Cuando la bicicleta se tuerce y el cuerpo reclama auxilio, no hay titular de prensa ni maillot brillante que valga.
La realidad se reduce al eco frío de un quirófano y a las manos sabias y precisas de los doctores Cuéllar en la Policlínica donostiarra. Allí, en la mesa donde se reparte la suerte de tantas clavículas y articulaciones del deporte vasco, el hombro de Haimar volvió a su sitio bajo el rigor del bisturí. La intervención, impecable en forma y fondo, confirma que todo evoluciona por el cauce esperado.
Pero el verdadero mérito no reside únicamente en la pericia médica, sino en la serenidad con la que el chaval de la comarca digiere el lance. No es la primera vez que la adversidad llama a la puerta del irundarra. A sus 22 años, curtido en el barro y las batallas del Kern Pharma y con la mirada ya puesta en los galones del Red Bull-BORA-hansgrohe, Etxeberria sabe perfectamente lo que cuesta ganarse el pan sobre dos ruedas. Caer forma parte del oficio; levantarse sin alzar la voz ni buscar excusas es cuestión de categoría. Y de eso, entre las calles de Irun y los parajes de Bera, se sabe un rato largo.
Frente a la piedra en el camino, Haimar opone el temple de los viejos roqueros del pelotón. Mientras los doctores marcan los tiempos de la rehabilitación y la fisioterapia exige paciencia de orfebre, el pedalista mantiene intacta la cabeza. Ni las prisas del profesionalismo ni las ansias por lucir los nuevos colores desvían un solo milímetro su hoja de ruta: curar bien, templar el alma y volver al asfalto con la punta de velocidad que le caracteriza cuando avista la pancarta del último kilómetro.
El pelotón internacional esperará. Irun, Bera y toda la afición del Bidasoa saben que las mejores victorias no siempre se conquistan al esprint, sino en el silencio de los inviernos y en la entera dignidad con la que un deportista de raza le planta cara a la contrariedad. Que tomen nota en el World Tour: Haimar Etxeberria está pasando por el taller, pero la caldera sigue intacta.
