DEL POLVO DEL URANZU AL ECO ETERNO DE ARTALEKU: PEÑA BIDASOTARRAK

DEL POLVO DEL URANZU AL ECO ETERNO DE ARTALEKU: PEÑA BIDASOTARRAK

La pasión por el balonmano y el compromiso con el escudo del C.D. Bidasoa vuelven a ponerse en ruta. La Peña Bidasotarrak ha anunciado la organización de su primer viaje oficial de la temporada —al margen de los amistosos— para acompañar al conjunto irundarra en su compromiso liguero frente al Tubos Aranda Villa de Aranda. Una iniciativa que busca trasladar al Pabellón Santiago Manguán el calor, la garra y los cánticos que caracterizan a la Peña que preside Fernando Ramírez en cada cita en Artaleku.

Desde su fundación oficial en febrero de 2020, la Peña Bidasotarrak no ha dejado de crecer. Fieles a su lema fundacional —“Cuando peor te vayan las cosas, más te apoyaré, porque será cuando más lo necesites”—, el grupo de aficionados retoma con este desplazamiento la tradición de acompañar al equipo por las distintas canchas de la geografía estatal, manteniendo viva la herencia de apoyo incondicional que comenzó en el histórico frontón de Uranzu.

Fuentes del colectivo destacan que este viaje supone mucho más que una cita deportiva: es una oportunidad para fortalecer los lazos de convivencia, estrechar relaciones de camaradería con la afición local arandina y proyectar la imagen de deportividad de Irun allá donde juegue el equipo.

Del polvo del Uranzu al eco eterno de Artaleku

Hay cosas en esta ciudad de Irun que no se miden en el cronómetro de los sesenta minutos, ni en el frío metal de las vitrinas. Hay cosas que se llevan grabadas a fuego en las manos, arrugadas como las piedras viejas de la pared o ásperas como la resina que impregnaba las maderas de aquel inolvidable frontón de Uranzu.

Hablar del C.D. Bidasoa no es desempolvar únicamente las grandes noches continentales ni los titulares en letras de molde. Hablar del Bidasoa es mentar la estirpe de quienes entendieron el balonmano como una prolongación del alma bidasotarra. Aquellos pioneros que, cuando el frío apretaba a orillas de la muga, saltaban a la cancha no a jugar un partido, sino a defender una manera de ser, de sentir y de apretar los dientes.

Aquel Uranzu, con su aliento pegado a la línea de banda, no era solo un pabellón: era una caldera donde el eco del balón retumbaba como un latido colectivo. Allí se curtió la devoción. Allí aprendió la afición que este club no pertenecía a las directivas ni a los marcadores, sino a esa gente sencilla que dejaba la garganta desde la grada y a aquellos hombres que se batieron en cada siete metros dejando la piel, la rodilla y el aliento sin pedir nada a cambio.

Luego llegó Artaleku, vestido de gala para la historia, heredero de aquel poso sagrado. Y con él, la afción salió a recorrer caminos. Las carreteras de media Europa vieron pasar los autobuses de una afición que nunca viajó como turista, sino como embajada viva de un pueblo. No importaba el marcador ni la lejanía de la pista rival: allí donde sonaba un silbato, resonaba el grito de un irundarra o una irundarra recordando que a este equipo jamás se le deja solo.

A los que estuvieron en el origen, a los que sudaron la camiseta cuando las luces eran escasas, a los que guardan en el armario la bufanda raída de los primeros años y a quienes hoy siguen manteniendo viva esa llama desde la Peña Bidasotarrak: a todos ellos se les debe este sentimiento.

Porque la historia del Bidasoa no es la de un resultado. Es la de una fidelidad inquebrantable. La certidumbre de que, caiga la lluvia que caiga sobre el río o sople el viento de donde sople, la grada volverá a ponerse en pie.

La Peña Bidasotarrak moviliza a la afición en su primer desplazamiento a Aranda de Duero, cargados de emoción y apoyo incondicional